viernes, 23 de junio de 2017

Bolas

Flor Canosa
Novela, Zona borde, 106 páginas.

La figura del oficinista mediocre es un tópico universal. Quizás, la primera manifestación artística del hombre castrado y gris haya sido un memorable cuento largo de Nikolai Gogol. “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”, sentenció alguna vez Dostoievski, en alusión a ese texto canónico de 1842. Desde entonces, Akakiy Akakiyevich Bashmachkin, con ligeras o profundas variaciones, ha poblado todas las literaturas nacionales. En la Argentina del siglo XXI, inspiró dos novelas de desigual ejecución: El encierro de Ojeda de Martín Murphy (pinche aquí), muy bien escrita, armada y resuelta. Y la monocorde y tediosa El oficinista de Guillermo Saccomano (pinche aquí), que ganó en 2010 el premio Seix Barral, lo que corrobora que este tipo de galardones no vale un comino. Bien, el hecho es que en 2017 una escritora de la Patria ha decidido refrescar tan manido personaje.

Flor Canosa (Buenos Aires, 1978) trabajó bajo la sombra de Kafka, nada menos. La teoría de las influencias del indispensable Harold Bloom quedó, una vez más, reivindicada. ¿Qué es esto? Básicamente, que cualquier obra literaria trascendente lee de manera creativa -pero errónea- un texto o textos precursores. Poesías, relatos, novelas, obras de teatro nacen como respuesta a anteriores poesías, relatos, novelas u obras de teatro y esa respuesta no es sólo un amable proceso de transmisión sino también una tremenda lucha entre el genio anterior y el nuevo aspirante al Parnaso. Bolas, digámoslo de entrada, sale airosa del desigual combate.

Imagina Canosa que un oficinista misógino, pelado y de mediana edad se levanta una mañana y descubre que ha perdido sus testículos. La lisura absoluta desde el pene hasta el ojo del culo. No hay nada oculto en la ingle y el abdomen. Ni un rastro. Increíble. Naturalmente, el pobre diablo se sume en la desesperación y el pánico: “El miedo es la sensación de que a partir de ahora algo se terminó para siempre y nada será igual. (…) Miedo es despertarse y no tener pelotas”, clama Federico.

La metáfora esencial del libro es sencilla. Federico nunca tuvo “las pelotas bien puestas”, no es extraño que una mañana de cristal que se hizo añicos las haya perdido. No abundaremos en el punto. La autora -que aún no ha podido desprenderse del vicio de decirlo todo, ni de bajar línea- se encarga de entregarle al lector el paquetito bien atado. Hasta el mas distraído entenderá los simbolismos. No es Kafka. 

Malditos machos


“Toda mi formación como guionista me preparó para poder construir personajes totalmente alejados a lo que soy yo”, ha explicado Canosa en un reportaje. Es cierto, en un aspecto no menor. Evidencia la autora en su segundo libro una destreza admirable para exponer los pliegues de la psicología masculina, esas pequeñas miserias que conforman el universo del hombre mezquino. Desde su relación con el trabajo no creativo hasta el odio amoroso que le suscitan las mujeres dominantes y avinagradas, esa categoría que con fino oído para lo popular Canosa designa como “las conchudas”.

El lenguaje, en efecto, se nutre de las calles, del habla plebeya. Es la porteñidad al palo. He ahí la grandeza y la limitación de una prosa que se enriquece con dos elementos picantes: el humor y la pornografía boca sucia. 

Hay un elemento cuestionable en la parodia. Si por un lado, Canosa construye los personajes masculinos de manera magistral -fruto de la intuición o la observación-, por el otro coloca en boca de Federico sus propias opiniones políticas. Es ridículo que un eunuco de mente obtusa tenga semejante nivel de lucidez (de lo que Canosa considera lucidez, en todo caso). Es un ripio, un injerto al que se le notan las costuras. Manchitas en el papel que desnudan una compulsión, acaso sea la necesidad de complacer al Círculo Púrpura de la comunidad intelectual (¡Ey, amigos, soy uno de ustedes, odio a Clarín y a Macri, hablen bien de mí!). Surgirán alguna vez escritores argentinos que se atrevan a ir -aunque sea un solo paso- más allá de la corrección política. 

Estableció Borges que la indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. La señora Canosa no carece de esa cualidad. El hombre malvado, abusador, sexópata es el infierno de millones de mujeres.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 12 de junio de 2017

Vidas de hotel

Eduardo Berti (compilador)346 páginas. Adriana Hidalgo editora. Cuentos


En los hoteles -es de público conocimiento- ocurren cosas maravillosas. El arte tomó nota y así se han compuesto magníficos relatos breves en torno a las peripecias de viajeros, turistas y amantes. Algunos se incluyeron en una antología que acaba de lanzar al ruedo un sello nacional. En verdad, Eduardo Berti, el compilador, ha realizado un trabajo muy competente, en cuanto a la variedad y excelencia de los casi cuarenta textos que reúne Vidas de Hotel . Uno puede abandonarse sin reservas al goce de la lectura.

A gusto de este consumidor, las gemas más preciadas que atesora el volumen son aquellas que narran tribulaciones burguesas, como las de la desmemoriada señora Stroope que retrata el ingenioso Saki; o el conmovedor juego de apariencias en una arcadia oculta de Broadway que imaginó O. Henry; o las fobias del señor Panard, hombre prudente que le temía a todo a sus alrededor (la invención es de Guy de Maupassant). Hay que destacar también en esa línea "Indecisión" de Francis Scott Fitzgerald, basado en una premisa que sólo un bribón no consideraría escandalosa: "Peor que no tener mujer es tener una sola". El intento de suicidio que perpetra el desdichado Gene (artificio del innovador Stephen Dixon) es otro punto alto del libro.

La destreza de los literatos argentinos, en cambio, muestra altibajos. Ricardo Piglia tuvo una ocurrencia genial pero da la impresión en "Hotel Almagro" que no supo cómo desarrollarla. Tampoco llega a algún lado "En un cuarto de hotel" de Juan José Saer. Realismo soso el del santafesino con una idea tremenda, una sola: a una determinada edad, digamos después de los cincuenta, los hombres nos volvemos transparentes para las mujeres. "La puerta condenada" de Julio Cortázar es todo lo contrario de esos dos productos fallidos. Una ficción memorable y bien escrita, ambientada en Montevideo. También se deja leer la pieza de Pablo De Santis. Trae, incluso, una advertencia de suma utilidad: los edificios con demasiado cinc atraen los recuerdos.

Todo hay que decirlo. La compilación hace trampa tres veces. Dos son atendibles. Considerar a una dacha una variante de hotel para poder incorporar a Antón Chéjov es una licencia insignificante. "El número 13"" de M. R. James había aparecido hace siete años en Fantasmas otra estupenda antología que preparó Berti también para Adriana Hidalgo. Es un pecado menor; al fin y al cabo, la historia del catedrático inglés es placentera y mucha gente seguramente no lo conoce. Ahora bien, transcribir el apunte de una idea de William Somerset Maugham, un párrafo apenas, no es lo que uno espera de una recopilación de alta categoría.

Hay que destacar, no obstante, otro agrado del libro. Cada relato viene precedido por una minibiografía del autor. Es una delicadeza de Berti que el lector curioso no dejará de aprovechar, pues esos tres párrafos dan apetito, obran como un maestro de lectura. Por ejemplo, después de saborear "Hotel de la luna holgazana" uno se siente impelido a salir corriendo a comprar Leyendo a Turgueniev y Mi casa en Umbría las dos nouvelles de William Trevor que Berti recomienda. Exactamente lo mismo pasa con "El tumultoscopio" de Alphonse Allais. Es un cuento desopilante que obliga a seguirle la pista a este francés no muy conocido, ilustre forjador de máximas.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 28 de mayo de 2017

Crímenes duplicados

M. Hjorth y H. Rosenfeldt

Planeta. 619 páginas


Alguna vez, Jorge Luis Borges reflexionó sobre el extraño y vano destino de Escandinavia. Llegó a la conclusión de que desde las tropelías de los vikingos por media Europa o la llegada a Norteamérica de Leif Eiriksson cuatro siglos antes de Colón, hasta la invención de la novela en Islandia o la irrupción en Rusia de Carlos XII, las dilatadas empresas de las gentes nórdicas fueron individuales y surcaron como un cometa fugaz por la memoria de la Humanidad. "Para la historia universal, las guerras y los libros escandinavos son como si no hubieran sido, todo queda aislado y sin rastro, como si pasara en un sueño o en esas bolas de cristal que miran los videntes", estableció en la revista Sur nuestro mejor literato. 

Puede que con la novela negra escandinava ocurra lo mismo. Pasará, acaso, sin dejar huella ni abrir nuevos senderos en la jungla editorial y sólo los especialistas del futuro acudirán al subgénero. Es probable que esta burbuja que se infló a principios del siglo XXI -gracias a la divulgación global de notables narradores como Henning Mankell- ya haya reventado. Resulta inevitable pensar esto después de leer el segundo tomo de la Saga Bergman de Michael Hjorth & Hans Rosenfeldt, los creadores de la exitosa miniserie The bridge.

Crímenes duplicados es mejor que la primera entrega, lo cual no significa que la novela sea buena. Es casi buena, en realidad. Sus autores son guionistas televisivos, por lo que manejan bastante bien la intriga, los giros imprevistos, las conexiones entre los personajes, pero nada más. El texto carece de virtudes literarias, no hay profundidad psicológica, ni belleza en la expresión, ni recursos retóricos; la prosa es plana como el encefalograma de un muerto. Sobran capítulos o están mal cortados. La crítica social brilla por su ausencia (una traición al género). El libro termina aburriendo, con ese afán ridículo por querer explicarlo todo y sus redundancias. Como se dijo, uno termina conjeturando que la novela negra escandinava es ya una fórmula gastada.

Queda la historia. Los autores quieren enseñarnos algo sobre los imitadores de los asesinos en serie. En efecto, aparecen en Estocolmo cadáveres de mujeres con el cuello prácticamente seccionado (como cuando abrimos una lata de conservas y dejamos un pequeño trozo sin cortar para poder doblar la tapa hacia atrás) y los mismos rituales en la escena del crimen que dejaba el reo Edward Hinde, encarcelado desde la década del noventa. Investiga la Unidad de Homicidios, el equipo especial de Torkel Hölgrund, pero el héroe se llama Sebastian Bergman, un psicólogo con mañas, un canalla egoísta, bah, que usa el cuerpo de las señoras para calmar, por un rato, su angustia existencial. El desagradable doctor se convirtió en una pieza clave para atrapar a Hinde, por lo que se suma a la cacería. Es el padre de una detective de la task force de Hölgrund pero ella no lo sabe. Hay un núcleo incandescente allí. Bergman defecciona, demuestra en su segunda aparición que en el fondo es un tierno. La maldita corrección política y social, otro punto flojo del libro.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

martes, 16 de mayo de 2017

Dios lo bendiga, señor Rosewater

El único mandamiento que conozco es éste: Sé bondadoso.
K.V.

Sacrificar la trama en beneficio de un manojo de ideas es un procedimiento gastado como la literatura misma. Esa urgencia por transmitir un mensaje ha producido obras de calidad muy desigual. Las novelas comprometidas de Paulo Coelho y José Pablo Feinmann merecen, en promedio, un aplazo; las de John Berger, un aprobado; las de Kurt Vonnegut (1922-2007), un sobresaliente. Es que las ideas del sabio de Indiana son persuasivas y elegantes y vienen servidas con una saludable pizca de humor.

La Bestia Equilatera trajo a la Argentina Dios lo bendiga señor Rosewater (198 páginas), otro espléndido sermón de Vonnegut, el sexto que el sello local ha publicado durante este siglo. Fue entregado a la imprenta por primera vez en 1965, pero pudo haber sido escrito ayer por la mañana. La plutocracia estadounidense sigue siendo lo que es (el dinero manda, amigos) y la estupidez del ser humano no ha retrocedido ni siquiera un milímetro. Pobre iluso, era nuestro héroe. Como los iluministas, creía que si denunciaba a voz de cuello las miserias de su sociedad la situación iba a cambiar.

Tenemos aquí pues otra magnífica sátira de lo que el autor define como "el salvaje, estúpido, inepto y huraño sistema clasista de Estados Unidos". La voz irreverente relata las peripecias de Elliot R., heredero de una gran fortuna que se subleva (como el mismo Vonnegut) y tuerce los designios de la Fundación benéfica y cultural que había creado su familia para protegerse de los zarpazos de los recaudadores de impuestos y de otros depredadores que no se apellidaran Rosewater.

Veterano de guerra aficionado al alcohol, Elliot es más que un filántropo excéntrico, es un buen samaritano profesional. Apadrina a los cuerpos de bomberos voluntarios, alimenta a los hambrientos, y consuela a los afligidos. Vive casi en la miseria. Dedica su energía sexual a la utopía. Un abogado sin escrúpulos (parece casi una redundancia) intenta hacer pasar por loco a Elliot para arrebatarle media fortuna. Su padre, el senador Rosewater -quintaesencia de la clase dirigente estadounidense-, se empeña en evitarlo.

RICA EN CONCEPTOS

Muchas estrellas de la galaxia K.V. titilan en la novela, tan avara en páginas como rica en conceptos. Aparece en escena Kilgore Trout, escritor de ciencia ficción inventado por Vonnegut. Y es nada menos el personaje fugaz que enuncia el tema principal, cuestión clave de nuestro tiempo por culpa de la sofisticación de las maquinas: ¿Cómo rescatar al creciente número de personas que no tienen utilidad social?. "Con el tiempo, casi todos los hombres y mujeres perderán valor como productores de bienes, alimentos, servicios y más máquinas, como fuentes de ideas prácticas en los campos de la economía, la ingeniería y tal vez la medicina. Por lo tanto, si no encontramos razones y métodos para valorar a los seres humanos por el hecho de ser seres humanos, bien podríamos, como a menudo se ha sugerido, liquidarlos", plantea Trout en los albores de la era de las desindustrialización.

Su demiurgo acuña un nuevo término para denunciar una enfermedad que sufre, seguramente, el noventa y nueve por ciento de la humanidad. Ese vocablo es samaritrofia. Designa la indiferencia histérica por la suerte de los menos afortunados. Ingenioso, ¿no?

Al pasar, el literato evoca la experiencia más espantosa que sufrió en su juventud, cuando era prisionero de guerra de los nazis: el huracán de fuego que los aliados desataron sobre Dresde en 1945 (y que motivo una de sus más celebradas novelas). Ha empotrado en la trama, además, decenas de microhistorias, tan sugestivas como encantadoras. Hay un catálogo apabullante de la ruindad de las personas mediocres. Hay diálogos ingeniosos, sentencias que merecen ser acuñadas en piedra y potencia dramática. Hay también exageraciones, acaso el único punto flojo del texto. El moralista sostiene que la vida en Nueva York es una farsa superficial y ridícula y que sólo una de cada siete personas prosperan en el sistema de libre empresa. Un socialista utópico, sin duda. Un romántico amargado, incluso. Creía que el arte le ha fallado a la humanidad.

Vonnegut estudió bioquímica y obtuvo un master en Antropología por la Universidad de Chicago. Luchó toda su vida contra la depresión y en 1984 intentó suicidarse. En un ensayo publicado por esos años, se animó a puntuar sus novelas. 'Dios lo bendiga señor Rosewater' recibió una 'A' junto a 'Pájaro de celda', 'Madre Noche' y 'Las sirenas de Titán'.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 8 de mayo de 2017

Las sombras de Quirke

Por John Banville

Alfaguara. Novela policial, 304 páginas. Edición 2017

El retiro de Quirke en el desierto ha terminado. El patólogo vuelve al trabajo, atraído por el asesinato de un funcionario prometedor. Lo que queda del cadáver de Sam Corless, el hijo del veterano luchador trotskista, había sido encontrado en un auto carbonizado que se estrelló contra un árbol en Phoenix Park. Un golpe en el cráneo, justo sobre la oreja izquierda, delata el homicidio. Mataron al chico y simularon un accidente. Quirke, ese oso bueno aficionado a los alcoholes y atormentado por el pasado, sale en busca de los culpables. Su verdadero oficio es la curiosidad y la resolución de entuertos. Sir Galahad contra los dragones. Su escudero es el buen inspector Hackett. Estamos a fines de los cincuenta, en Dublin, ciudad mezquina y mendaz, un pueblo grande donde todos se conocen.
La séptima entrega de los casos del forense Quirke posiblemente no sea la mejor. Tampoco, la peor. John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) ha forjado, de cualquier manera, otra sublime pieza de estilo, no sin fulgor poético como sus hermanas mayores. Se ha dicho que Banville -Benjamin Black es el seudónimo que eligió para probar suerte en la novela negra- es la mejor pluma de la anglósfera. Acuña párrafos perfectos y frases reveladoras con una ductilidad asombrosa. Los retratos son magníficos; el manejo de la escena, formidable. La prosa es un objeto precioso, un reloj suizo, una escultura de cristal, una daga de empuñadura enjoyada, algo frío y bello en todo caso. Sí, es muy probable que Banville sea el mejor estilista del idioma inglés. ¿Cómo decirlo sin ofender? Sólo los esnob y los críticos con una sensibilidad defectuosa no alcanzan a apreciarlo.

En Las sombras de Quirke el doctor se enamora de una psicóloga y lucha para superar el torpor que le provoca una mente con demasiados agujeros. Se queda observando su vaso de whisky con el aspecto de un hombre al borde de un acantilado que intenta calcular cuán larga será la caída. Además de resolver el crimen, ayuda a su hija Phoebe a salvar a una muchacha que ofendió las creencias tradicionales de una nación tenaz pero controlada por la Iglesia Católica (las casas son transparentes, por así decirlo) y sus representantes, como los caballeros de Saint Patrick. Son un hatajo de hipócritas que creen que tienen instrucciones directas del santo Dios. La Irlanda de seis décadas atrás parece una de esas distopías grises y sin escapatorias que los literatos de ciencia ficción suelen pergeñar.

El thriller no da nada por supuesto. Es decir, no hace falta leer las seis entregas anteriores para entender a Quirke. Pero, naturalmente, la constancia ayuda. Y gratifica. La irrupción de Banville en el género policial es una de las maravillas de nuestro tiempo.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

martes, 2 de mayo de 2017

El candelabro de plata y otros cuentos

Abelardo Castillo­

Editorial Alfaguara. Cuentos, 166 páginas, edición 2007.
En un prefacio escrito hace una década, Abelardo Castillo (1935-2017) estableció lo siguiente: “Algo esencialmente argentino exige ser expresado en cuento, el género más estricto y lacónico; género que cuando se lo mira de cerca, aparece muy emparentado con otras dos de nuestras formas expresivas esenciales: la mejor poesía del tango y el teatro breve, en cuyos orígenes están el sainete y el grotesco”. 
La sentencia proviene de quien, acaso, puede definirse como el último gran cuentista nacional. Esta antología, avara en páginas, es una aproximación perfecta para conocerlo.
 
Castillo, quintaesencia del espíritu de los sesenta, ha cultivado la novela, el teatro, el ensayo y la polémica, pero conviene buscarlo en el relato breve. Algunos de sus textos son ya considerados clásicos del género. Es el caso de La madre de Ernesto, Hernán, El marica o El candelabro de plata. Los cuatro están incluidos en este volumen, en los cuatro hay cosas que causan repulsión, canalladas brutales, lamparones de crueldad, poderosos que nacieron para dañar a otros. 
La reescritura de autores canónicos -tan descarada como eficaz- es otro rasgo que define a Castillo. Triste le ville narra en borgeano tardío la pesadilla de un fulano que sin querer se mete en la muerte de otro. Historia para un tal Gaido también toma de las solapas a Borges, pero su delicioso y sorprendente final puede que sea cortazariano. Se percibe, asimismo, un regusto a Poe, Arlt, Walsh, Jack London y Quiroga, como sabiamente observa el prólogo y el análisis final de la obra.
 
La recopilación incluye en total trece cuentos. Resulta casi impúdico elogiarlos como la mayoría de ellos merece. Agreguemos como referencia que ante gemas como El asesino intachable uno no puede hacer otra cosa que abandonarse al puro goce de la lectura.­
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

martes, 25 de abril de 2017

Vida de muertos

En el siglo pasado se escribían libros y artículos periodísticos para demoler reputaciones. Hoy se usan las redes sociales, aprovechando por lo general el cobarde anonimato. En 1938, el niño terrible de la derecha argentina asesinó con letra impresa a glorias de la literatura latinoamericana. Por fortuna, la Biblioteca Nacional -en tiempos de Horacio González- decidió reimprimir el sublime opúsculo. ¿Cómo van a divulgar a un nazi confeso, a un antisemita?, parece que preguntó un tiquismiquis. La respuesta debió haber sido: Porque el libro es excelente, porque los adultos que compramos estas obras somos seres racionales, porque sólo los imbéciles y los ñoños se privan de los literatos brillantes cuyas preferencias son monstruosas. Prescindir de los escritores fascistas y/o estalinistas no nos hará mejores; de seguro, seremos intelectualmente más pobres.

Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978) fue poeta, activista intelectual del nacionalismo católico, juez, ensayista, biógrafo burlón y aforista vitriólico, quizás en ese orden, escribió Christian Ferrer en un prólogo que no le va a la zaga en excelencia al resto del libro. Vida de muertos (Ediciones Colihue, 122 páginas) reúne doce minibiografías envenenadas. Piénsese en un vándalo, en un anarquista que dinamita estatuas, en un iconoclasta talibán pero con un alarde de ingenio que corta la respiración, fuerza a meditar o desata una carcajada. Esta muy bien incluirlo en la colección Los Raros. Es éste un volumen extrañísimo, compuesto para hacer picadillo a eminencias como Rubén Darío o Domingo Faustino Sarmiento.

En lo que al arte se refiere, resulta evidente la influencia de Chesterton en Anzoátegui. Tienen el mismo tono y el mismo gusto por las paradojas. La malicia inteligente del Borges-crítico-literario y la rabia de Celine también dicen presente en las luminosas páginas de un juez que, como Zeus, se complacía en fulminar con rayos a sus adversarios. Es verdad que Anzoátegui reflexionaba como un energúmeno, pero como estilista fue un genio, a la altura de sus maestros. Demostró que incluso la injuria y el insulto pueden detentar fulgor poético. Manejó con mucha destreza la primera frase. Verbigracia: “Se parecía a Sarmiento, pero no tenía jeta de mulato” (Almafuerte). “Dijo ‘gobernar es poblar’ y se quedó soltero” (Juan Bautista Alberdi).

Hay que aclarar que no todas las ideas de Anzoátegui eran disparatadas. Su condena de la elite argentina que cuajó de las guerras de la independencia son justísimas. Es éste también un catálogo de la estupidez humana. “El hombre bueno es aquél que es consecuente con sus ideas secundarias”, estableció Don Ignacio siguiendo la estela de Zarathustra (Nietzsche es otra influencia fácilmente perceptible).  Como crítico literario, insistimos, expone una perspicacia admirable, aunque no parece razonable que se ensañe con las peores páginas de un autor, pues todos las tienen.

Borges y Bioy Casares se extrañaban de que cara a cara Anzoátegui era un encanto de persona. Esas contradicciones de la personalidad, aunque curiosas, no tienen el menor valor literario. Mucho menos sus adhesiones políticas. El juicio estético -el único que importa en lo que a la crítica literaria se refiere, mal que le pese a los sociólogos y marxistas- lo absuelve (lo consagra, mejor dicho). Vida de muertos tiene que quedar.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Este blog quiere agradecer a los colegas de Twitter @AiresyBenson y @genowitzky por presentarle a Ignacio Braulio Anzoátegui.

domingo, 23 de abril de 2017

Material sensible

¿Sabe usted que existen unas criaturas nauseabundas, que se disfrazan de muchachas o de niños, y convierten a sus víctimas en un sonajero de huesos? ¿Se enteró de que Sherlock Holmes descubrió el secreto de la inmortalidad o de que el Doctor Who evitó por un pelo que los Kim, solitaria entidad múltiple escindida de la creación, controlaran el universo? ¿Le advirtieron sobre el síndrome de Jerusalén? ¿Oyó de los efectos tremendos de una tintura naranja llegada desde la India? ¿Conoce el conjuro contra la curiosidad? ¿Alguien le explicó por qué se retiraron de circulación los automóviles voladores? Si la respuesta a cada una de estas cuestiones palpitantes es "no", debería leer un fascinante libro de cuentos de Neil Gaiman (Porchester, 1960) que acaba de llegar a la Argentina.
Para quien no lo conozca, digamos que Gaiman es un autor de culto, con una extraordinaria versatilidad y una imaginación a la que ya es un lugar común calificar de "portentosa". Ha hecho una distinguida -y multipremiada- contribución a la literatura infantil y al mundo de las historietas. Se considera a The Sandman -su creación más alabada- como un cómic extraordinario. Sus novelas encabezan listas de bestsellers y han llegado a Hollywood. Tiene su propio personaje en Los Simpson. Vive en Minneapolis con la cantante Amanda Palmer, su segunda esposa.
La ingesta de Material sensible (Salamandra, 396 páginas) demuestra que Gaiman, sin ser un gran estilista, considera que la manera de contar una historia es tan importante como la historia en sí misma. Encontramos aquí, por ejemplo, una eficaz composición relatada en forma de respuestas a un cuestionario periodístico. "Un calendario de cuentos" integra doce escritos, uno para cada día del año, algunos muy bellos. Encontramos por doquier sutilezas, referencias cultas y un delicioso toque de humor negro. Del tercer libro de narraciones breves de Gaiman (casi todas publicadas en otro lado) se desprende también que es un prologuista regular y, ¡ay!, un poeta de cuarta.
"Hay cuentos que desarrollas y hay cuentos que construyes, y luego hay cuentos que esculpes en una roca de la que vas descartando todas las cosas que no forman parte de la historia", conjetura Gaiman en la introducción. De la primera especie, hay que destacar dos: "La verdad es una cueva en una montaña negra" (33 páginas), fascinante travesía en busca de una gruta en la que, si eres valiente, puedes entrar y apoderarte del oro, pero tras cada una de las visitas la cueva te hará más malvado, te devorará el alma. "Black dog" es otra joya, que incluye fantasmas, la tradición de emparedar personas para proteger templos y viviendas, la religión primordial, la que se practicaba incluso antes de los druidas y los menhires.
Observa el inglés, no sin razón, que los escritores viven en moradas que han levantado los colegas que le precedieron. "Los hombres y mujeres que construyeron las casas en las que habitamos eran gigantes. Empezaron con un espacio árido y construyeron la ficción especulativa, pero siempre dejaban el edificio inacabado para que las personas que llegaran al marcharse ellos pudieran añadirle otra habitación, u otro piso", señala. Gaiman se siente cómodo en los domicilios de Gene Wolfe (lo homenajea con un laberinto lunar), de Arthur Conan Doyle (explica la afición tardía de Holmes con las abejas), de Jack Vance (y sus planetas moribundos) y de Arthur C. Clarke (¡ah, el desinventor Obediah Polkinghorn!). Pero es probable que la principal influencia de su magnífica literatura sea el gran Ray Bradbury. A Gaiman también le interesa más las personas que la ciencia, y que el cuento te hable de una atmósfera, de un lenguaje, de una magia que se va colando en el mundo. Lo confiesa en la introducción, donde detalla la génesis de cada uno de los textos del volumen.
Ha percibido un crítico estadounidense que Gaiman sueña historias como respira. Su producción es, por encima de todo, una encantadora forma de imaginar. Regala al lector el placer de seguir siendo un niño. No carece, además de utilidad práctica; da consejos valiosos. Por ejemplo, nos avisa que las cosas que anhelamos, que deseamos con intensidad, pueden cobrar vida. Otra advertencia: cuidado con esas estatuas humanas que en las calles populosas ofrecen, a cambios de unas monedas, su curioso arte inmóvil a turistas y transeúntes. Algunas, efectivamente, no son humanas.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 16 de abril de 2017

Offshore

``Este país es una república bananera. Gobierne quien gobierne es una república bananera''.
P. Márkaris

La vida no examinada no es digna de ser vivida, enseñaba Sócrates a los discípulos. La imagen que nos hacemos de lo ocurrido en Atenas en el año 399 antes de Cristo viene, sobre todo, de la prosa de Platón. Sabemos que su maestro era una conciencia íntegra, apasionada por encontrar a la verdad, en un entorno corrompido. Pasaron más de dos milenios y perviven en Grecia las costumbres hediondas, de acuerdo a una estupenda saga policial creada por Petros Márkaris (Estambul 1937). Ahora es el comisario Kostas Jaritos, quien encarna esa rareza del universo: el individuo que dice `no' a los abusos de poder, aun a costa de su propia salud. Un necio espléndido.

En toda Europa son muy apreciadas las novelas de Márkaris. El retrato social es magnífico. Ofrece información de primera mano sobre un país que cayó en bancarrota, después de vivir largos años por encima de sus posibilidades. El literato desnuda y repudia, sin paliativos, los vicios nacionales.

Se imagina en Offshore (Tusquets, 286 páginas) que, después de seis años de brutal ajuste, la Hélade abandona la recesión. Se habla, incluso, de un milagro griego (en la vida real aún no ocurrió). Llueven los capitales extranjeros, pero de dudosa procedencia. Irrumpen los bancos de las islas Caimán y las empresas que surgen de la nada. Retornan al país las grandes empresas navieras. Como sea, la gente quiere divertirse. Vuelven los viejos hábitos: el despilfarro, la ostentación, la escasa aplicación al trabajo, conductas que han escandalizado a los mandantes alemanes. ``Ay del holgazán si encuentra afán y ay del griego si tiene el bolsillo lleno'', sentencia Adrianí, la esposa del comisario, modelo platónico de la mujer con lengua viperina que expresa su amor mediante la gastronomía. El otro aluvión que inquieta a los helenos es el de los inmigrantes. Se los usa como mano de obra barata y como chivo expiatorio.

El asesinato de un cachafaz que deshonra la Secretaría de Turismo interpela a un Jaritos, tan eficaz como anticuado. Pudo ser un robo que terminó mal o una ejecución. Horas después, confiesa el crimen una pareja de paquistaníes. Caso cerrado, ordenan desde las altas esferas. No obstante, balean a otro pez gordo, y luego a otro. Extranjeros pobres asumen la responsabilidad en cada uno de los sucesos, pero el comisario sospecha que hay gato encerrado. Al igual que Sócrates, Jaritos no tiene miedo y acosa a los superiores más allá del límite de la paciencia. Actúa así por una buena razón: está convencido de que los asesinos no son más que los actores que dan la cara sobre las tablas; entre bambalinas se esconden los que mueven los hilos, los directores. Grecia es víctima de una suerte de experimento económico.

La décima entrega de la serie Kostas Jaritos se sobrepone a las ñoñerías sentimentales, a una pizca de inverosimilitud, a una leve corrección política. La trama es cautivante.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno 

viernes, 14 de abril de 2017

La Guerra Civil Española

Una guerra civil no es una guerra, sino una enfermedad.
Antoine de Saint Exupéry

En un artículo firmado en 1937, George Orwell pronosticaba que la Guerra Civil Española acabaría en tablas. Como ocurrió décadas después en Corea o Vietnam, la Madre Patria se encaminaba a partirse en dos pedazos irreconciliables, uno bajo la órbita soviética, el otro del nazi fascismo, con fronteras estables por años. Esa era la visión en caliente de uno de los más lúcidos pensadores del siglo XX, que incluso fue a combatir a Cataluña por la causa de la libertad pero se curó, para siempre, de simpatías comunistas, al comprobar que los esbirros de Stalin eran tan sanguinarios y tan poco proclives a compartir el poder como los militares franquistas. La paridad militar parecía inamovible por entonces. Pero los republicanos decidieron suicidarse… lanzaron una tras otra desastrosas ofensivas frontales -inspiradas en manuales avejentados y algunas por razones propagandísticas- hasta quedarse sin recursos quince meses después: Segovia, Brunete, Belchite, Teruel, Ebro…  

Que el general Francisco Franco y sus valedores alemanes e italianos no ganaron por si sólos la Guerra Civil Española, fueron los jefes militares republicanos quienes la perdieron (sobre todo los comunistas con sus incompetentes asesores rusos), desperdiciando miserablemente el valor y el sacrificio de sus tropas, es una de las conclusiones fundamentales de un ensayo que este blog desea recomendar a viva voz. 

Su autor colgó el uniforme del undécimo regimiento de Husares de la Gran Bretaña, para redactar algunos de los libros esenciales de la Segunda Guerra Mundial, como Stalingrado o Berlín, La Caída. Antes de ellos, Antony Beevor (1946) compuso un monumental estudio sobre el conflicto que desangró a España por cuatro años (y la arruinó por cuatro décadas). La primera edición en inglés data de 1982. Pasó sin pena ni gloria. Beevor la engordó y rehizo a comienzos del siglo XXI, aprovechando el material que encontró en archivos alemanes y rusos, recientemente desclasificados. El sello Crítica la trajo a la Argentina en 2015 y hoy se ofrece en mesas de saldos. Si le interesa el tema y tiene un dinerillo para gastar, deje lo que está haciendo y corra a comprarla. Es un ensayo tan ameno como esclarecedor.

En la opinión de quien esto escribe, Beevor ha cumplido tres condiciones básicas que caben esperar de un libro con tan elogiable ambición: comprende los sentimientos de los dos bandos, salda hipótesis previas y amplía las fronteras de lo que sabíamos sobre la guerra civil. Naturalmente, sus simpatías se inclinan hacia al lado republicano, pero no deja dudas respecto de que la izquierda española fue tan poco respetuosa de la democracia, el imperio de la ley y los derechos humanos como lo fueron los derechistas. No obstante, las diferencias cuantitativas son relevantes. El autor cifra en 38.000 el número de muertos por el terror rojo (entre ellos trece obispos). A la represión nacional le atribuye, entre otras iniquidades, 250.000 vidas.

Confirma Beevor que los mejores panoramas de la guerra civil española lo han esculpido hispanistas ingleses. Es un dignísimo continuador de Hugh Tomas o Paul Preston (aunque algunos descuidos puntuales han encontrado lectores españoles). Su especialidad -la historia militar- permite comprender las miserias y grandezas de las campañas, los combates, las estrategias en juego y en pugna, los ejércitos formales e informales enfrentados. Da la impresión, por otra parte, que comete el mismo error que condenó a enemigos e historiadores adversos de Franco: subestimar al Generalísimo bajito, casi lampiño, regordete, ignorante, con voz de falsete, (‘Paca la culona’, según Queipo del Llano, el virrey de Sevilla). Hay que reconocer que hasta el diablo debe envidiar la astucia política de aquella quintaesencia de lo peor de la galleguidad. Franco, que gustaba firmar las sentencias de muerte después de almorzar tomando café, los venció a todos: a Stalin, Mussolini, Churchill y Hitler, incluso. Perón terminó comiendo de su mano. Estas dotes de estadista maquiavélico -que logró atrasar el reloj de la Historia siglos incluso- no implica que para su pueblo haya sido un benefactor. Represión al margen (que no es un dato menor) es probable que la sólo la Rumania de Ceaucescu haya igualado la corrupción, estupidez y despilfarro de la España franquista.

Fiel a aquella premisa histórica informal pero importante que dice que nada es inevitable excepto lo que uno cavila en su interior, Beevor cierra el libro planteando un contrafactual. ¿Qué habría salido de una victoria republicana? Un gobierno democrático seguramente en 1948 habría recibido la ayuda decisiva del Plan Marshall y hubiera prosperado en el seno de la Unión Europea. Pero una España satélite de Moscú hubiera quedado confinada hasta 1989 en una postración parecida a las de democracias populares de Europa oriental. Coincidimos sin reparos con esta hipótesis. Al fin y al cabo, tanto el bolchevismo como el nazifascismo fueron las lacras del siglo XX. Una maldad sin sentido.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente




viernes, 31 de marzo de 2017

El motel del voyeur

POR GUILLERMO BELCORE

En un país como la Argentina, tan aficionado a la premisa nietzscheana ’verdad es lo que te conviene’ (o lo que le conviene a tu caudillo político), donde una ex presidenta de la Nación afirmó suelta de cuerpo en un foro internacional que Alemania tiene más pobres que nuestro país y consintió que se destruyeran las estadísticas nacionales para ocultar el nivel real de miseria, inflación y desempleo, el último libro de Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) no debería moverle un pelo a nadie. En cambio, en el Estados Unidos previo a Donald Trump (otro populista deshonesto) desató un sonado escándalo.

Es que Talese -uno de los padres del Nuevo Periodismo- se ufana de no haberle mentido jamás a sus lectores y de usar solo nombres reales en sus fascinantes indagaciones. A pesar de ello, ahora da por buenas la mayoría de las afirmaciones “de un maestro del engaño”. Y no es la única -ni la más grave- concesión moral (la ‘criética‘ es la ciencia de los canallas, estableció Borges, no obstante).

Vayamos al principio. En enero de 1980, el exquisito artesano de la no ficción recibió una carta manuscrita y excitante de un fulano llamado Gerald Foos. Un hombre casado con dos hijos que a mediados de los sesenta había comprado el motel Manor House de veintiuna habitaciones, cerca de Denver, a fin de convertirse en su “voyeur residente”.

Talese mordió el anzuelo. Viajó a Colorado. Antes de salir del aeropuerto firmó un acuerdo de confidencialidad. Como consecuencia, el señor Foos le abrió su alma y lo autorizó a fisgonear en ‘su plataforma de observación‘, un desván que le permitía observar a los huéspedes, sin que ellos se percaten. El muy sinvergüenza instaló en las habitaciones del hotel unos falsos conductos de ventilación, rejillas de quince por treinta centímetros pintadas del mismo color del techo. Tomaba abundantes notas de lo que veía. Una de las imágenes más poderosas del libro es el elegante Talese, hijo de un sastre orgulloso de su profesión, reptando por el entretecho en busca de presenciar actividad erótica. Casi lo descubren. Su corbata de seda asomó por la rejilla durante unos segundos.

NACE EL LIBRO

De vuelta en Nueva York, el escritor fue recibiendo por entregas el diario del señor Foos. La primera anotación data del 24 de noviembre de 1966. Cuarenta y siete años más tarde, el anciano -ya retirado del voyeurismo- dio, por fin, su consentimiento para que las miles de páginas sean reveladas, quería que la humanidad conociese el trabajo sin precedentes de “un laboratorio único para el estudio del comportamiento humano“. Confiaba en que el estatuto de limitaciones lo pusiera a salvo del largo brazo de la Justicia. Por cierto, el bueno de Gerald siempre quiso ser considerado “un pionero de la investigación sexual”, de ninguna manera un delincuente o un pervertido. Así, las fijaciones onanistas de un hombre cuya felicidad absoluta consistía en invadir la intimidad de los demás sin que lo ellos lo supieran, -salpimentadas con sociología y al voleo y conclusiones banales- se transformaron en un libro.

La industria cultural se frotó las manos. The New Yorker publicó un adelantó y Steven Spielberg se apresuró a comprar los derechos (San Mendes iba a dirigir la película). El libro se publico con pompa, alguien lo definió como “la obra maestra de Talese”… y entonces la prensa comenzó a investigar. Se detectaron inconsistencias. The Washington Post descubrió, por ejemplo, que el señor Foos compró el hotel en 1969... Talese montó en cólera, pero se limitó a vilipendiar a su fuente y añadir una mínimas correcciones en el texto. “No me cabe la menor duda de que Foos es un voyeur épico, pero a veces era un narrador poco inexacto y poco fiable. No puedo responder de todo los detalles que incluye el manuscrito”, escribió en la página noventa y tres. Talese, a los ochenta y pocos años, traiciona sus convicciones literarias y se sofoca en una red de mentiras, dispararon escritores y críticos con el dedo inhiesto.

Aquí estamos pues, con una segunda versión. Nunca sabremos, empero, cuál de las entradas del diario se basan en experiencias reales y cuáles son el producto de una imaginación afiebrada. Más allá de la polémica, cabe preguntarse si tiene esto alguna relevancia artística. Un tercio del libro lo ocupan los textos del hotelero que, además de pornografía -que siempre termina aburriendo- incluye boberías políticamente correctas pero también referencias interesantes sobre los cambios de hábitos (“un voyeur sirve de historiador social“). No hay sorpresas; se concluye que la gente es básicamente deshonesta y sucia (literalmente) y que la mayoría de los seres humanos tiene una pobre vida sexual (si así no fuera no habría arte ni política, conjeturaba Freud). 

Se animó el diletante Foos a elaborar estadísticas sobre las frecuencias íntimas. Dedujo lo siguiente:

* “El doce por ciento de las parejas observables en el hotel son muy sexuales.
* El sesenta y dos por ciento lleva una vida sexual moderadamente activa.
* El veintidós por ciento tiene un apetito sexual bajo.
* El tres por ciento nunca tiene relaciones”.

¿UN HOMICIDIO? 

En fin, lo chocante del libro no es la narración con lujo de detalles de las habilidades de una felatriz experta sino que Foos afirma haber presenciado, además de incesto, robos y abusos, un asesinato. Y dice que él mismo lo provocó, al arrojar por el inodoro las drogas de un traficante. Creyó el delincuente que la novia le había birlado los estupefacientes y, tras una airada discusión, la ahorcó con sus manos. Cuando abandoné la torre de vigilancia la mujer estaba inconciente pero respiraba, alega Foos. A la mañana siguiente, la mucama descubrió el cadáver y Foos hizo la denuncia a la policía, sin revelar que había presenciado el homicidio. Tremendo… si es que es verdad. Décadas más tarde, Talese investigó y no descubrió rastro alguno del supuesto estrangulamiento. Se supo, sí, que hubo un crimen similar a pocos kilómetros del motel Manor House. Por detallitos como éste, la prensa anglosajona hizo pedazos al venerable escritor.

El libro, pese a todo, magnetiza los dedos, se lee casi de un tirón. Al fin y al cabo, puede decirse que todo buen lector es un redomado voyeur; nunca nos cansaremos de observar a la naturaleza humana. Muy placentero, intelectualmente hablando resulta, además, el núcleo literario: Talese tiene un talento descomunal para tornar atractivas a personas comunes y corrientes, y para entremezclar la Alta Literatura con la cultura pedestre.

Concluye El motel del voyeur con una frase redondita, perfecta. Y en las últimas páginas se ofrece una reflexión interesante. Los espiones infames de nuestro tiempo no son los maniáticos como Foos sino los medios de comunicación y los Estados, incluso los democráticos, que controlan nuestras existencias mediante miles de cámaras de seguridad, internet, tarjetas de crédito, escuchas telefónicas y todo lo demás.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Bueno

jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de la vida literaria II

Manuel Gálvez.
Taurus. Edición 2002. Memorias,791 páginas 

Si la vanidad fuese una antena, Manuel Gálvez (1882-1962) hubiese captado Radio Plutón. Es fama que el misterioso don de producir literatura, suele rebajar a los artistas (y a los que aspiran a serlo) a la condición de pedantes insufribles (e inseguros), es una suerte de enfermedad profesional; pero el narcisismo del autor de Nacha Regules superaba el promedio, era monstruoso. Quién sabe. Tal vez haya sido una compensación por su escaso talento; una forma de autoengaño para superar el hecho de que en realidad era un polemista de primera, un periodista de segunda, y un escritor de tercera o cuarta categoría. Esa jactancia con rasgos neuróticos ameniza, sin dudas, las memorias del prolífico Gálvez, sazona las páginas como si fuera una especia deliciosa. 

Los programas de chismes nos han persuadido de que los fatuos suelen ser interesantes; pero lo notable en este caso es que la petulancia también puede convertirse una cualidad literaria. Los cuatros tomos de Recuerdos de la Vida Literaria -dejémoslo claro- son muy divertidos, desopilantes por momentos. No sólo resulta conmovedora su falsa modestia sino también el intento de defender a capa y espada una obra copiosa que -¡ay!- no ha trascendido y una combativa vida pública. Causa ternura ver a un hombre famoso, atesorando y mostrándole a la gente cada una de las lisonjas recibidas en cartas y periódicos (muchas provienen de eminencias), como un chico con sus figuritas.   

Hace quince años, el sello Taurus reimprimió (en dos volúmenes) la minuciosa evocación de Gálvez de cincuenta años de vida cultural de la Argentina. Nos detendremos en el segundo libro, que incluye Entre la novela y la historia, y En el mundo de los seres reales. En el estudio preliminar, destaca Beatriz Sarlo dos dramas del proyecto novelístico de Gálvez: quiso ser nuestro Zola y nuestro Pérez Galdos primero; nuestro Graham Greene y nuestro Muriac después, pero no le dio la talla y fue más romántico que realista. En segundo lugar, fue un resentido, escribió siempre movido por la idea de que su obra no había encontrado el reconocimiento que se le debía (sobre todo entre las elites intelectuales). La prologuista le reconoce, no obstante, ‘conciencia sociológica‘, en el sentido de que se comprometió en cuerpo y alma con la profesionalización de los escritores.

VAYA TIPO

Se jacta Gálvez de haber vendido más de un millón de libros. También de haberse sacrificado de veras y como nadie por el escritor argentino. Se trabajó, no sólo una vez, la candidatura al Premio Nóbel de Literatura (“...si algún escritor hispanoamericano merecía ese premio era yo, sobre todo después de haber publicado las Escenas de la Guerra del Paraguay", escribió). Llega a sugerir que una de sus novelas indujo el suicidio de Alfonsina Storni. Afirma que ninguna obra publicada en el siglo XX ejerció tanta influencia sobre la opinión pública como su biografía de Yrigoyen (“un éxito nunca visto desde el Martín Fierro”). Añadió a las memorias un capítulo sobre las entrevistas que le hicieron (veintisiete hasta 1960); otro explica: “cómo alcancé la celebridad literaria“. No ha deseado ocultar a la posteridad lo que sus coetáneos sabían. Fue un chupacirios ñoño, al punto de modificar o suprimir escenas por los reparos de monseñor Franceschi. Pero no era un fanático; como buen ególatra juzgaba a los hombres no por su adscripción política o religiosa sino por el reconocimiento que le tributaban.

Realmente, hay aspectos muy meritorios en Recuerdos. Tiene páginas encantadoras (es lo mejor que puede decirse de su prosa), casi nunca aburre y trae un impresionante bagaje documental. Son buenos libros de historia, sobre todo de historia de las ideas. El autor narra en detalle, por ejemplo, el surgimiento y auge del fascismo criollo (nacionalismo + catolicismo político) que derivó en el golpe de 1930 y en la irrupción de Juan Perón. Gálvez, con una insoportable pose de superioridad moral (como los progresistas de hoy en día) fue un entusiasta militante de la causa antirrepublicana, antiliberal y antiestadounidense. Causa perplejidad ver como la Argentina va abandonando, paso a paso, el credo de Sarmiento, el de la masonería de los Ochenta, que había colocado a este paupérrimo arrabal del mundo a las puertas del desarrollo. Fue una tragedia. Hoy, con la educación pública destruida por los demagogos y la humillante decadencia económica, creo que no somos pocos lo que nos preguntamos que habría sido de nosotros si a la Edad de Oro no la hubiesen decapitado… 

Volviendo a los recuerdos de Gálvez, hay que resaltar que el lector interesado en el pasado hallará decenas de retratos interesantes, como el de Leopoldo Lugones, adversario encarnizado de nuestro auténtico mediocre (pero entrañable). Hay centenares de anécdotas sabrosas, hay un muestrario muy bien surtido de las mezquindades de los intelectuales. Descubrimos, por citar un caso entre muchos, que Victoria Ocampo era una esnob, que una noche del PEN prefirió al nazi Drieu La Rochelle por sobre los novelistas judíos de Polonia. Tramos muy seductores son, asimismo, las peripecias de Gálvez con los traductores, editores y librerías; el capítulo “Los que no quisieron vivir” (escritores/as suicidas); las luchas políticas-literarias en la SADE izquierdista y en la ADEA de Perón… Es opinión compartida que éste son los mejores libros de Gálvez (le dedicó sus últimos años), los que se leen con mayor placer y provecho. “Incomparable panorama de la vida literaria de la primera mitad del siglo XX”, dictaminó César Aira en su formidable diccionario.

Un último pormenor significativo. Gálvez nombra sólo cuatro veces, y al pasar, a Jorge Luis Borges. Pero lo aguijonea con indirectas venenosas y estúpidas:

"Los libros argentinos no se venden porque existe un divorcio absoluto entre el lector y el público. En su casi totalidad, los libros argentinos son colecciones de versos, o pseudoversos, que nadie entiende; cuentos, género literario que en ninguna parte del mundo tiene público; o ensayos, escritos en prosa difícil, sobre extranjeros que, como Kafka, sólo agradan a una minoría".

 El desdén era mutuo. En los diarios de Bioy Casares, el mejor de nuestros escritores se mofa de la grandilocuencia y de una estrofa desdichada de Gálvez. El miércoles 5 de septiembre de 1979, Borges dijo: 

“No estoy muy inventivo. El nivel de Manuel Gálvez, más o menos”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno  

domingo, 12 de marzo de 2017

La Esposa joven

Por Alessandro Baricco

Anagrama, 199 páginas. Novela

Si alguna vez, un crítico decide componer una lista con las mejores veinte novelas eróticas de todos los tiempos haría bien en incluir La Esposa joven, la obra más reciente de Alessandro Baricco (Turín, 1958). El sexo, en efecto, es el hilo de plata que atraviesa la historia de una familia tan burguesa como exótica del norte de Italia. El sexo como obsesión, como el estribillo de una canción, el soniquete de un ave. Pero abordado con una delicadeza y profundidad admirable. Se confirma que cuando las dos Diosas de la Excelencia -Poética y Filosofía- atraviesan la trama no existen los temas gárrulos.

Baricco nos conduce a una fascinante casa de maniáticos, cargada de secretos, que desayuna hasta las tres la tarde y con un tío que duerme todo el tiempo. Es una locura feliz. El sacerdote de ese templo se llama Modesto, que sirve en el caserón desde hace cincuenta nueve años. Hay un Padre, una Madre, una Hija, un Hijo ausente (viajó a Inglaterra por distintos motivos) y una Esposa joven (en realidad futura esposa) que un día aparece en el umbral para cumplir el matrimonio concertado con el Hijo tres años atrás. Vuelve desde la Argentina, donde sus padres y hermanos -toscos ganaderos- emigraron para acumular fortuna. La llegada de la chica va levantando los velos que, como si fuesen pesados cortinados, cubre el pasado de cada de uno de los personajes, cuyo nombre nunca oímos. Sólo el de Modesto, el mayordomo que gobierna a golpes de tos.

La revelación de los enigmas -además del erotismo- es lo que hace avanzar una novela que por momentos provoca la agradable sensación de que va a la deriva en la corriente. El procedimiento detectivesco puede compararse con ir quitando una a una las capas de una cebolla. Algo peregrino se había enroscado en el destino de la Familia. Notable estilista, Baricco parece que no confía en sus lectores. En la página cincuenta y cuatro, ve la necesidad de explicar lo obvio: que el texto va cambiando de manera más o menos abrupta la voz del narrador. Nos lo advierte un escritor que evoca la historia de la Familia extravagante. También ha perdido la cordura.

La escritura es simplemente hermosa de leer. El autor del bestseller Seda es uno de esos narradores que tienen muy poco que decir pero lo hace de una manera bellísima. Su prosa está forjada con mil lecturas fecundas, incluso latinoamericanas. Hay pasajes del más rancio realismo mágico, como las maravillosas páginas que describen los efectos tremebundos de los senos de la Madre entre la población masculina. Es que es ésta, por encima de todo, una novela feminista. Las heroínas son mujeres que se liberan de la opresión patriarcal dando vía libre a la cruda necesidad del deseo. Son los cuerpos los que dictan la vida, todo lo demás es consecuencia, se establece.

Un comentario al margen. Baricco dice, con gran amabilidad, tres o cuatro verdades sobre la Argentina. Sus antenas perciben en nuestro país "una idea misteriosa de la propiedad y un concepto escurridizo de la justicia". También padecemos "una violencia invisible que es fácil de percibir, pero resulta arduo de descifrar". Así nos va.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 6 de marzo de 2017

Introducción a la antifilosofía

Boris Groys
Eterna Cadencia. Ensayo de filosofía, 282 páginas. Edición 2016

En una muy grosera simplificación, podría decirse que un buen libro de filosofía es aquél que no causa tedio, fuerza a pensar y permite trazar parangones con el mundo que nos rodea. Esta colección de artículos, a pesar de su título engañoso, cumple las tres condiciones. Dije “engañoso” porque el volumen es más un cajón de sastre que un trabajo sistemático (atesora once artículos escritos entre 1994 y 2008). La promesa que se anuncia en la sagaz introducción se cumple parcialmente. El lector se queda con hambre.

Boris Groys (Berlín oriental 1947) estudio filosofía y matemáticas en Leningrado. Enseñó lingüística en Moscú hasta que abandonó el ’Imperio del mal’ en 1981. Se radicó en la República Federal Alemana. Fue profesor en la Universidad de Münster y en la escuela de Karlsruhe que dirigía Peter Sloterdijk. En la alborada de este libro, advierte sobre el surgimiento de una nueva rama de la filosofía a la que, por analogía con el antiarte del Dada y Duchamp, cabe denominar antifilosofía. Su misión primordial es dar órdenes cuya perentoriedad no da tiempo para cultivar una actitud reposada, crítica y consumista. La verdad surge sólo después de cumplido el mandato. Veamos: 


“Este giro que comienza con Marx y Kierkegaard ya no opera por medio de la crítica, sino por medio de órdenes. Se ordena transformar el mundo, en lugar de explicarlo. Se ordena convertirse en animal, en lugar de cavilar. Se ordena prohibir todas las preguntas filosóficas y callar sobre aquello que no se puede decir. Se ordena transformar el propio cuerpo en un cuerpo sin órganos y pensar de un modo rizomático en vez de lógico. Todas estas órdenes fueron impartidas para abolir la filosofía como fuente última de actitud consumista y crítica y liberar de este modo la verdad de su forma de mercancía”.

Fascinante resumen de todas las derivas del pensamiento moderno de la Europa continental, ¿no? Desafortunadamente, Groyss no profundiza tan sublime intuición. Se limita a examinar -de manera “benevolente”- algunos rasgos de Soren Kierkegaard, Lev Shestov, Jacques Derrida, Ernst Jünger y Alexandre Kojeve. Reivindica, además, la reivindicación del arte de Martin Heidegger. Le permite Theodor Lessing abordar la cuestión judía; Walter Benjamin, la teología. Reflexiona también sobre el impacto de Nietzsche en atormentados artistas de la Unión Soviética. Conecta a Richard Wagner con Marshall McLuhan e Internet

Se limita pues Groys aquí a exhibirse como un comentarista talmúdico de unos pocos autores modernos que nos dan órdenes. Su talento da para más. No obstante, logra filtrarse en el comentario (o en el comentario del comentario) pizcas de la propia noción profesional del autor, a la sazón lo más enjundioso del libro. El proyecto filosófico -establece Groys- es esencialmente abierto, infinito, se opone a su realización definitiva. El trabajo filosófico es interrumpido, es el trabajo del conocimiento, la crítica y la deconstrucción (lo mismo podría decirse del periodismo). Filosofía es producción de verdad. Su antítesis es la teología (y hoy en día, añado yo, tiene más que ver con la política que con la religión) supone que la verdad se ha mostrado, que la unión con la verdad ya ha tenido lugar, que la verdad ha sido revelada y proclamada (por un Profeta o un líder político carismático). Uno es subjetivo en tanto que duda. En cuanto renuncia a la duda, pierde su subjetividad, se convierte en objeto de otro, nos advierte. Los intelectuales militantes -esa plaga- deberían escucharlo.

Siguiendo a Husserl, Groys nos deja un buen consejo. Sostiene que antes de pensar hay que llevar a cabo la reducción fenomenológica. ¿En qué consiste? En tomar distancia de los propios intereses vitales, incluidos el interés en la propia supervivencia. Hay que contemplar al mundo sin estar aherrojado por las necesidades imperiosas del yo empírico (burgués es el que piensa con el estómago, decía Flaubert). Piensa el yo fenomenológico, por el contrario, como si no viviera. Es el reino husserliano del “como si”. El acatamiento y la inobservancia de las órdenes que recibimos se disuelven en el juego infinito de las posibilidades de vida.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno



lunes, 27 de febrero de 2017

Muertos en la estepa

El éxito rutilante del policial raro obra hoy como una suerte de una poderosa invocación para los escribidores de todo el planeta. Quien acierte con la creación de un detective que atrape nuestra imaginación en ambientes éxoticos conseguirá que la fama y la fortuna lo besen en los labios. No se trata sólo de vender muchos libros y ganar prestigio. Los hacedores de series corren ansiosos a la caza de ideas frescas. Y por la televisión, como sabemos, circula el dinero de verdad. El periodista, abogado y emprendedor francés Patrick Manoukian (Ian Manook, es su seudónimo) ha sucumbido a la tentación de Creso. Atento a la circunstancia de cuanto más extravante el escenario, mejor; nos lleva a un país tan oculto como fascinante: Mongolia. Investiga el comisario Yeruldelgger Khaltar Guichyguinnkken. ¡Vaya nombrecito!

Muertos en la estepa (Salamandra, 477 páginas) no carece de ambición, eso hay que reconocérselo. Manook ha compuesto una recreación muy competente de una nación remota, atrapada entre dos potencias agresivas como si de un rompenueces se tratase. La sociedad, cultura e historia de Mongolia son fascinantes. Esa entidad platónica engendró un conquistador y asesino de inocentes sin parangones en la historia. Es probable que Genghis Khan, en efecto, haya sido más sanguinario que Hitler y Stalin combinados. En la novela se desliza un error de principiante: Manook le atribuye el sitio de Bagdad (1258) que habría causado, según el francés, un millón de muertos. En realidad, fue una proeza de Hulagu Jan, nieto de Gengis Khan.

Poco sabemos en Occidente de esa legendaria sociedad de guerreros. Acaso lo más parecido que hayamos visto es el Imperio KlingOn, sublime creación de la saga Star Trek. Manook concentró su atención en dos elementos de las cultura mongola: las espléndidas yurtas (carpas tradicionales usadas como viviendas por los nómadas) y la gastronomía. Uno se queda con ganas de probar el boodog, marmotas asadas con piedras gruesas y ardientes en su interior.

EL IRASCIBLE

El comisario Yeruldelgger es tenaz, irascible, violento, atribulado por la destrucción de su familia y porque así lo ordena el tópico. Dos casos espeluznantes caen en sus manazas de herrero. Tres chinos son asesinados y mutilados y horas después las prostitutas mongolas que les proporcionaban solaz. En segundo lugar, el detective encuentra en la ventosa estepa el cadáver de una niñita rubia con los huesos hechos polvo. No hay que ser un as para darse cuenta que los casos terminan convergiendo. La novela es un caldero burbujeando donde se cuecen una célula ultranacionalista y filonazi, policías corruptos, una magnate malo como un terremoto y rufianes bestiales. El telón de fondo es la irrupción de una modernidad que apisona costumbres ancestrales (¡ay!) y los afanes de las grandes potencias para apoderarse de las riquezas naturales de Mongolia.

Debe advertirse que si bien la ambición temática y costumbrista resulta admirable, la ejecución es bastante deficiente. Tres brujas asoman su feo rostro: cursilería, truculencia y pintoresquismo. Los diálogos son sosos; los giros, inverosímiles: una cocinera de campo, por ejemplo, razona en voz alta como una licenciada en psiquatría. La prosa es común y corriente. No obstante, encontramos algunas escenas memorables como la contienda entre el detective y una osa (!). La traducción es al gusto madrileño. Los capítulos cortos son exasperantes. Llegar al final de la novela, así las cosas, exige un gran esfuerzo de voluntad, como meterse entre las olas en Mar del Plata. Pero sólo es una opinión. Hay gente a la que le encanta bañarse con agua fría.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular


jueves, 23 de febrero de 2017

La única desnudez

“No hay que tener miedo de hablar 
haciendo el amor, porque la voz 
que tenemos mientras amamos, 
es lo más secreto que hay en 
nosotros, y las palabras de las 
que somos capaces, la única 
desnudez total, escandalosa, 
final, de que disponemos…”

Alessandro Baricco, ‘La Esposa Joven