miércoles, 20 de abril de 2016

El traductor

Salvador Benesdra
Eterna Cadencia. Novela, 670 páginas. Edición 2012.

Captamos lo desagradable de nosotros mismos cuando la visibilidad no nace de la ecuanimidad de la victoria, sino de la lucidez de la derrota.
Salvador Benesdra

Fuera del texto no hay nada. La premisa derridiana (aunque en otro sentido) es una de las inspiraciones de este blog. Significa que si bien los datos biográficos, los contenidos de clase, el contexto socioeconómico resultan interesantes, nunca resultan decisivos a la hora de evaluar una obra. Lo único que cuenta es la potencia estética, aquello que hace que un texto sea una obra de arte. Pero en este caso, vale una excepción. Para atestiguar que El traductor es una novela sobresaliente, a la altura de las grandes obras del boom latinoamericano (que es lo mismo que decir ‘a la altura de las mejores novelas de la literatura universal‘) hay que dejar sentado que su autor también fue un hombre excepcional. El lector debe saber que Salvador Benesdra (1952-1996) era un genio. Que conocía siete idiomas y estaba aprendiendo japonés cuando decidió arrojarse de un décimo piso. Que había concluido la carrera de Psicología en dos años. Que vivió en Francia, gastó una temporada en un loquero y sufría brotes psicóticos, algunos vinculados a los alienígenas. Que trabajó en el diario Página 12 como periodista de la sección Internacionales y que enseñó epistemología en la Universidad de Buenos Aires. Que su única novela fue finalista del Premio Planeta en 1995 y no la eligieron porque era demasiado buena (!?), según revela Elvio Gandolfo en el prólogo. 

El párrafo anterior es necesario por una razón: hay muchos elementos biográficos en El traductor. La trama, un viaje sin brújula ni destino (y una lectura que abre un mundo nuevo), se despliega en tres direcciones:

a) La relación amorosa del protagonista -judío sefardí, francotirador de izquierda como el autor- con una chupacirios adventista de Salta, una princesa aindiada pero de hielo: se deja penetrar en la cama como un pescado muerto. Ricardo Zevi hace titánicos esfuerzos por hacer orgasmar a su querida Romina, apela a decenas de artimañas, incluso las propias de un crápula.

b) La faena como traductor de Ricardo en Ediciones Turba (¿se trata de Página 12?), una empresa bucanera que produce textos progresistas, que divulga entre al público todo tipo de cuestionamientos al orden establecido mientras somete a nuestro héroe -y a pelafustanes como él- a una degradación en cascada de su condición laboral.

c) El tratado de un intelectual llamado Ludwig Brockner, una especie de neonazi, pero aggiornado e inconcebiblemente lúcido. A Ricardo le encargan traducir un libro de Brockner en el que desarrolla una extensa justificación de las prerrogativas aristocráticas y de la ideología del poder. El alemán, no obstante, reinvindica la democracia porque es el sistema más seguro para garantizar el predominio de los superiores y la subordinación convencida de los inferiores. Y le da pie a Benesdra-Zevi para que desarrolle sus propias especulaciones sobre mil y un asuntos sugerentes, desde el ocaso del comunismo cuartelero hasta cómo la lógica del micropoder ha superado en la empresa a los imperativos de la lucha de clases. Es este uno de los puntos más altos de las novela, pico que confirma una deducción de George Steiner: casi no existen novelas de primera categoría sin sublime reflexión filosófica.

Podría decirse que El traductor es básicamente una novela marxista. El conflicto es el motor de la historia: lucha de clases, de género, de ideologías van coloreando la trama. 


POTENCIA


Bien, ha llegado el momento de defender la sentencia del primer párrafo: la novela oceánica de Benesdra es una de las mejores que ha producido la Argentina. En primer lugar, dos de cada tres párrafos ofrecen una idea inteligente. Se trata de un libro multidisciplinario que se esfuerza por contenerlo todo y que comercia con la psicología (Freud el igualitario vs. Lacan el jerárquico), con la historia (la desaparición de la URSS y de 120 años del Gran Miedo), con la economía (el modelo de producción japonés), con la sociología (la naturaleza de la mente criminal), con la política (la reivindicación del sindicalismo peronista), con la medicina (la aberración del manicomio) y con la literatura (El alambicamiento verbal de los franceses, Kafka y Fogwill). Además de erudición, hay erotismo fino; y hay un alarde de humor judío, ese que se ensaña consigo mismo y se deshace en larguísima quejas. 

La prosa enamora por su fluidez y no carece de poesía. El escrutinio neurótico es el procedimiento más usado. Los párrafos son macizos, sólidos, generalmente redondos. Puede que incluyan algo de palabrería vana, pero nunca se desvanece la musicalidad de la escritura. La novela -hay que aclararlo- no es para consumidores con prisas o perezosos. Tampoco para lectores bisoños. Exige una digestión lenta, atenta, profunda. Exige tiempo.

El traductor, por último y para no abrumar, es una producción genuinamente ríoplatense. Zevi-Benesdra, como buen intelectual porteño de izquierdas, quiere opinar sobre todo, quiere ’batir la justa’. Sin condescender nunca con el costumbrismo, rescata hermosas palabras y expresiones de ayer no más que no deberían haber desaparecido del habla cotidiana: hacerse el fesa, guachada, cheto, pelagatos, llorar como un condenado… 

Para mantener intacto el efecto sorpresa, no diré una palabra más sobre el argumento. Pero quisiera insistir sobre la impronta del protagonista-narrador, capaz de hacer las cosas más abyectas, más nobles o más estupidas para que su mujer pierda la frigidez. Ricardo Zevi es realmente un personaje inolvidable, tiene algo del Quijote pero especialmente es nuestro Zeno Cossini con un toque de Woody Allen en plan depravado. En efecto, si con alguna novela imperecedera y universal merece ser comparada El traductor es con La conciencia de Zeno. Son dos libros imperdibles para todo aquel que quiera ser llamado “buen lector”, pero a mí me gustó más la manufactura argentina, por su ambición y sus excesos. Resulta deprimente recordar que Benesdra no pudo ver publicada su obra maestra; la primera edición, en efecto, fue postmortem. Malditos sean por siempre los necios de la industria editorial. Tres hurras para el sello Eterna Cadencia que volvió a darle lustre a la joya.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

3 comentarios:

Marcos Buchin dijo...

Coincidencia plena, Guillermo. Y conocer algunos detalles de su vida hace mas disfrutable en este caso la novela, efectivamente sus infortunios en la editorial describen parte de la historia de Página/12. La editó originalmente De la Flor, y estuvo varios años inconseguible cuando se venció el contrato de edición, quedaban ejemplares en la editorial, pero los herederos de Benesdra no acordaron y no los podían vender, para deseperación de nosotros, los libreros; acá en Rosario era un texto de lectura en la carrera de letras. La nueva edición honra la novela, incluso Eterna Cadencia publicó su otra obra , el libro de autoayuda (sic) "El camino total"

Guiasterion dijo...

Estimado Marcos:

¿Qué opina Usted de 'El camino total'? ¿Recomienda su lectura?

Abrazo

G.B.

Marcos Buchin dijo...

No lo he leído Guillermo, pero Fabián Casas apunta en el prólogo que las editoriales del ramo se lo rechazaron por que “Tiene un nivel demasiado elevado para lo que es el mercado de autoayuda” . Tengo el prejuicio de que sea, como "La biblia de Neón" de Kennedy Toole, una obra menor publicada por la fama póstuma del autor.