domingo, 11 de septiembre de 2016

Las fauces abiertas de la América verde

Así como el Ulises ubicó, con una catedral de palabras, la fisonomía de Dublín en la literatura universal, Pretérito perfecto hizo lo mismo hace más treinta años con nuestra San Miguel de Tucumán. Es increíble que el establishment literario de Buenos Aires haya ignorado una de las mejores novelas oceánicas del siglo XX. 

POR GUILLERMO BELCORE

Puede producirse una gran novela en una época, en un país. Esto no significa que en esa época, en ese país, exista realmente la novela. Para hablar de la novela es menester que haya una novelística, sentenció Alejo Carpentier en Tientos y diferencias. Y eso es precisamente lo que ocurrió en América latina a partir de la segunda mitad del siglo XX. El mundo observó encantado y compró el ‘boom’. Surgió un movimiento, acelerado por una panda de escritores talentosos, empeñados en una labor paralela, semejante o antagónica, con un esfuerzo continuado y una constante experimentación de la técnica. Vargas Llosa, Cortazar, Fuentes, Roa Bastos, Guimaraes Rosa, Carpentier, Donoso inscribieron la fisonomía de sus pueblos (y de sus ciudades) en la literatura universal, olvidándose del tipicismo y costumbrismo, tal como hizo Joyce con Dublín. A la narrativa larga de Latinoamérica le salieron las muelas de juicio.

Este artículo arroja la hipótesis de que el último campanazo de ese proceso genial sonó en San Miguel de Tucumán en 1982, cuando Hugo Foguet (1923-1985) entregó a la imprenta una novela sublime que nada tiene que envidiar en ambición, destreza y exhuberancia en la dicción a las mejores del subcontinente. Suenen las trompetas: la obra maestra de Foguet acaba de ser reimpresa por la Editorial Universitaria Villa María. Hasta donde uno sabe, Buenos Aires ha ignorado olímpicamente a Pretérito Perfecto (Eduvim, 480 páginas), cuya virtud primordial es haber logrado reflejar el Jardín de la República como el Aleph refleja el universo. Es hora de remediarlo.

Antes de reseñar la trama y elogiar la prosa, es menester subrayar que las casi quinientas páginas (con letra apretada) encierran una novela total, desmesurada, grotescamente pretenciosa, cuyo lenguaje -al decir del propio Foguet- es una cosa viva, “más una planta que un animal. De la semilla de la palabra brotan ramas, hojas, tallos finísimos y complicados y extrañas y lujosas flores. El lenguaje sostiene al cosmos y sin la palabra el mundo cesaría”.

Barroquismo feraz


El tucumano Foguet es nuestro Conrad. Egresado de la Escuela Nacional de Náutica, recorrió el mundo como marino. Ese vagabundeo global enriqueció su mejor novela, repleta de alusiones a las filosofías orientales y las religiones de la India, corporizadas en la figura de un extraño gurú-pintor. También es nuestro Faulkner, empeñado en armar la genealogía de una familia prominente a media cuadra del trópico, “donde las almas son otro calicanto de melaza podrida“. Pero en lo que al estilo se refiere, es esencialmente ‘latinoamericano del boom’, por su apuesta formidable por un barroquismo feraz, regido por el desvarío, la curiosidad del intelecto y la sensualidad (hay páginas con un finísimo erotismo, místico incluso).

Se despliega el barroquismo en dos escenarios. El primero es el único rincón habitable de una casona en ruinas, cuyo apogeo data de 1910. Visita el historiador Ramón Furcade a una matrona centenaria en su dormitorio. El alter ego de Foguet hurga en la memoria de Clara Matilde de la Concepción Navarro Páez de Sorensen como “si buceara en una bahía donde hubiera naufragado una flotilla de galeones”. La anciana evoca hazañas y desdichas de cuatro generaciones de los Navarro Sorensen, descendientes de los guerreros de la Independencia y las luchas civiles, quintaesencia de la oligarquía azucarera. Árbol frondoso en un tiempo; hoy venido a menos por carencia de jugos nutritivos. La raza ha ido evolucionando. Del político hacendado liberal, hacedor de imperios, que no lo quitaba el cuerpo a un negociado, pero sin perder las buenas maneras y los ideales progresistas a los ubicuos hombres de negocios, pasando por una abatida rama de poetas románticos y nocturnos, y finalmente desemboca en otra generación perdida de idiotas del estruendo y la iconoclastia. Rebeldes y delirantes.

El “pretérito perfecto” de doña Clara es una crónica de privilegios y esplendor. La platea de su nostalgia es una ciudad “que gesticula en los techos y patios de la Universidad y en los jardines de la Quinta Agronómica y el gobierno militar que responde a esa mímica con la retórica del garrote”. Estamos en 1972, año del ’Tucumanazo’. La imposibilidad de entenderse entre las generaciones, de hablar un mismo idioma es uno de los grandes temas de la novela. Las reflexiones sobre el lenguaje (¿Es la envoltura de las cosas? ¿Es la cosa misma?) son ubicuas y persistentes. ¡Foguet dedicó la novela, entre otros a George Steiner!

Tertulianos


El segundo proscenio del libro es la serie de tertulias a la que asisten bisnietas y otros descendientes de Doña Clara, junto a una pandilla de intelectuales provincianos de lo más divertidos, cultos y elocuentes que escarban en el helenismo, en dos siglos de la cultura francesa, en las ciencias sociales, como el “gallo picotea en el comedero de lata” (Foguet expone un criollismo algo voluntario pero nunca ostentoso, diría Borges). Otros ámbitos del mundo, en efecto, colorean las fascinantes y copiosas conversaciones en caserones, cementerios o en antros, como ’La cueva de la lechuza’, borrachería, comedero y foro de poetas norteños. Nada de la cultura universal resulta ajeno a estos capítulos, procedimiento que es insignia de nuestra mejor producción artística. Por decirlo con una metáfora: las fauces abiertas de la Argentina subtropical (como un caimán al sol) devora, procesa y regurgita todo lo que merodea en sus dominios.

Es increíble, doloroso y revelador (de la ignorancia de nuestro establishment literario) que una novela oceánica tan sustanciosa en filosofía y poética, tan desbordante en ideas y con tantos caracteres poderosos (¡ay!, el comisario Aníbal Molinuevo, un poliedro torturador) haya pasado inadvertida al sur del paralelo veintiocho durante las últimas tres décadas. Hay una potencia estética en la que debe insistirse: la riqueza verbal de Foguet es admirable. Cada párrafo tiene lo suyo. Alguien se pregunta en Pretérito Perfecto si existe un cielo de palabras, un limbo donde esperan juiciosas su resurrección. Si existe, el conjuro para revivir esos vocablos que tienen peso y poder, y ocupan un lugar en el espacio es la escritura de novelas como la que aquí recomendamos encarecidamente. El legítimo estilo del barroco.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Excelente