domingo, 20 de mayo de 2018

Ortodoxia

“El hombre feliz es el que hace mayor número de cosas inútiles”.
Chesterton


Después de finiquitar Ortodoxia (Fondo de Cultura Económica, edición 1987, traducción de Alfonso Reyes), es menester formularse una pregunta: ¿Por qué seguir leyendo hoy a Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)?

La primera respuesta es obvia: porque es un placer tan intenso como raro. El pensador inglés fue uno de los campeones universales del ingenio verbal, manejó la paradoja como el florete los Mosqueteros. ¡Y se impuso la misión de que en casi todos los párrafos debía haber una! No importa si sus estocadas eran auténticas; su valor deviene de la belleza de la expresión, de la sorpresa o la sonrisa que promueven. En una época, donde los perjuros de los Suplementos de Cultura prácticamente han consagrado el arte de escribir mal, retornar a una era donde escribir muy bien era la norma -so peligro de ser aplastado con un anatema- causa un regocijo inmenso. No sé si dieron cuenta, pero en este blog defendemos a capa y espada el sentido básicamente hedonista de la lectura.

Punto dos. La ideología. Chesterton era un católico razonable (me gusta pensar que yo también lo soy) en una Inglaterra racionalista y liberal, filosocialista en parte de su comunidad de intelectuales (Bernard Shaw fue uno de sus acérrimos adversarios). Sus sablazos contra lo que hoy llamamos “pensamiento políticamente correcto” no han perdido filo. Por ejemplo, de los abolicionistas penales -los discípulos con toga del nefasto Raúl Zaffaroni- podríamos decir lo mismo que Chesterton dijo de otros de su calaña: 

“A fuerza de querer ser tan humanitarios, acaban por ser realmente enemigos de la especie humana”.  

Hay en Ortodoxia decenas de latigazos similares. Uno está obligado a leer con un lápiz en la mano. Da que pensar, por cierto, que el esnobismo, la idiotez y la inmoralidad progresista que a Chesterton exasperaba a comienzos del siglo de Hitler y Stalin se parece muchísimo a lo que nos exaspera hoy.

En este punto, es necesario explicar de qué va el ensayo, entregado por primera vez a la imprenta en 1909. Chesterton se ufanaba de “estar siempre dispuesto a escribir un libro a la menor provocación“. Alguien le achacó en aquellos años irresponsables “no haber querido definir su teoría cósmica”. Nuestro héroe, “un polemista con el que nadie deseaba encontrarse al doblar la esquina de una idea” (el prologuista dixit), respondió con Ortodoxia que básicamente se trata de una apasionada defensa de su conversión a la fe de Francisco. “La teología cristiana es la mejor fuente de energía y de ética sana”, es el pilar donde se asienta todo su agudo razonamiento.

En el primer tramo de la ruta de su especulación personal, el filósofo al voleo revisa -pulveriza, quise decir- algunas doctrinas de su tiempo. Compara a los materialistas con los chiflados:


“En ambos se encuentra esa combinación de racionalidad expansiva y agotadora con un sentido común contraído y mísero; y sólo son universales por cuanto se apoderan de una minúscula explicación parcial y la llevan demasiado lejos”…

Chesterton tienen razón: “sólo los lunáticos son incapaces de cambiar su punto de vista” (y los intelectuales militantes de nuestro tiempo). Y arriba así a una de sus conclusiones más convincentes: la razón -nunca la fantasía- conduce a la locura y a la desesperación (“la fantasía es un hecho positivo y lo que ha menudo resulta un fraude es la realidad“). Se trata de encontrar la poética del mundo. El misticismo es el secreto de la cordura y de la sabiduría: no oponen obstáculos a la mente las doctrinas espiritualistas (no así el marxismo). Mientras haya misterio habrá salud. Lo destruyes y veras nacer en ti las tendencias morbosas. Locura es la razón que opera en el vacío. El cristianismo entendido como una suerte de segunda infancia y como fórmula de emancipación. “Todo puede entender el hombre pero sólo mediante aquello que no puede entender”, otra espléndida paradoja, ¿no?

Tercera razón para seguir amando a Chesterton: sus obras desbordan de ideas sugerentes. Aún hoy. Escuchen esta última llamarada de inteligencia: 


“Podemos entender el cosmos pero nunca el ego, porque el propio yo está más distante que las estrellas”.

Guillermo Belcore


PD: Muy bueno


PD: En este blog adoramos a Chesterton. Hay más obras comentadas:

1 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2016/10/el-hombre-comun-y-otros-ensayos-sobre.html
2 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/12/chesterton-y-la-cuestion-alemana.html
3 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2014/03/la-era-victoriana-en-literatura.html
4 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/10/la-sabiduria-del-padre-brown.html

lunes, 14 de mayo de 2018

Halcón

Lukas Bärfuss

Adriana Hidalgo Editora, 158 páginas.


Observada desde este empobrecido rincón de Occidente, Suiza brilla como un edén. Seria, ordenada, previsible, la nación alpina funciona con la eficacia -justamente- de un reloj suizo o del revés de Roger Federer. No obstante, un libro viene a advertirnos que debajo del pacífico y laborioso cromado no habría otra cosa que hielo y aburrimiento. Escuchemos a uno de sus hijos eminentes, el escritor Lukas Bärfuss (Thun 1971):

“…Si se trazara la curva de la vida un habitante típico como una línea que uniera nacimiento y muerte, el resultado sería una línea llana, sin elevaciones ni hondonadas, un pausado, continuo bregar hacia el propio final, interrumpido aquí y allá por algunas anomalías, temblores por enfermedad o divorcio. Rara vez avanza hacia su fin aquí una existencia después de los cuarenta de otra forma más que apagándose paulatinamente, lo cual quizás sea la expresión equivocada ya que presupone que allí antes ardió un fuego. En la llama de la pasión son pocos los que arden. Más bien es como si un globo medianamente inflado se fuera desinflando lentamente…”

Decía Chesterton que “todo aquel que no deja que se le ablande el corazón, tendrá que sufrir que se le reblandezca el cerebro”. He aquí un caso. Un bien día, Phillip, ciudadano suizo, decide consumirse en una pasión estúpida. La contemplación de unos zapatos chatitos color azul ciruela hace que se ponga en movimiento en dirección a la locura. Con el furor de un barrabrava o de un inquisidor comienza a perseguir a una muchacha joven y quizás hermosa por las calles, un acto que si en la Argentina es más común que el soborno, en Suiza resulta tan raro como un alarido dentro de una Iglesia. Lo irracional irrumpe en el paraíso helvético, ese es el tema de la novela más reciente de Bärfuss, que Adriana Hidalgo Editora -un sello especializado en delicatessen- acaba de traer a la Argentina.

En Halcón, un narrador atribulado relata las treinta y seis horas de un desarrollador inmobiliario, de cuarenta y tantos años, que se mete en dificultades hasta hundirse en la degradación. No se sabe bien porqué; ataque de hastío es el diagnóstico a ojo de buen cubero del supuesto testigo. La travesía es fascinante pues viene salpimentada con inteligentes observaciones (críticas, en realidad) sobre la vida contemporánea. Establece Bärfuss, por ejemplo, que cada época posee una herramienta de la que depende de modo fundamental. La Revolución Industrial es sinónimo de máquina de vapor, la Ilustración necesitó de la imprenta y nuestra era depende de un aparato banal, que no es el teléfono inteligente -como la mayoría cree- sino el cargador. Sin ese adminículo pequeño y ordinario, millones de seres humanos se quedarían sordos y mudos, aislados de los demás y prácticamente desvalidos.

Además de la inteligencia en el timón, otra cualidad del libro es la limpidez de la prosa. Tiene, por así decirlo, la claridad y belleza del lago Bachalpsee. En las mejores páginas, hallamos el espíritu desdeñoso de Celine. Palos a la escoria de la ciudad, con la que va tropezando Phillip en su extraño plan. Ese tono ácido caracteriza -según la crítica diarística- a las obras de teatro de Bärfuss, algunas de las cuales ya se han representado en la Argentina. Si como dramaturgo el autor suizo (escribe en idioma alemán) ya ha encontrado fama y reconocimiento, como novelista también merece aplausos. 

Hace nueve años, recomendábamos en este suplemento Cien días de Bärfuss, pues abordaba con un sutil talento las horrorosas matanzas en Ruanda. Ahora insistimos en que ‘Halcón’ es una lectura muy agradable. A pesar de la exigua cantidad de páginas y de su intención moral, no se trata de un fast book. La densidad de situaciones, personajes e ideas es óptima.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 29 de abril de 2018

Entrevista con la historia

¿Se ha visto alguna vez un rostro tan triste como el del rey Hussein de Jordania?”Oriana Fallaci 

Doy fe de que el periodismo ha gestado alguna de las mejores páginas de la Alta Literatura. Después de haber leído las columnas de Chesterton, los sueltos de Borges y Fogwill, los reportajes (en el sentido español) de Orwell y los artículos de Steiner he llegado a tal conclusión. Al fin y al cabo -y no me canso de decirlo- no existen los géneros o subgéneros menores; existen buenos o mediocres escritores. Punto. 

Añádase a la colección de gemas del periodismo las radiografías que la señora Oriana Fallaci (Florencia 1929-1986) reunió en Entrevista con la historia, entregado a la imprenta en 1974 y reimpreso luego en decenas de oportunidades (una edición corregida y aumentada de 615 páginas, la de Noguer, es la que llegó a mis manos). Aún hoy es un placer enorme leerlo por varias razones, una de las cuales es que contiene algunos de los mejores retratos de estadistas que se han compuesto desde la invención de la tinta y el papel. 

Cada retrato antecede a una entrevista (veintiséis en total) que Oriana realizó entre 1969 y 1976 a personajes de primera línea de la escena mundial para el periódico L‘Europeo. “Veintiséis monstruos sagrados de espaldas a la pared”, como apuntó el crítico Michele Prisco. 

El valor histórico de cada capítulo es excepcional. Y en conjunto conforman una agudísima reflexión sobre los mecanismos de poder. Pero la erótica literaria se encuentra en los detalles que van apareciendo. Se detiene en los ojos del general Giap, por ejemplo, “los ojos más inteligentes que quizás haya visto jamás”… (los de Yasser Arafat, por cierto, eran hipnóticos cuando no estaban ocultos tras las gafas negras; los de Giulio Andreotti despedían un relámpago de hielo que la dejaba aterrada de sólo recordarlo). Y en la voz monótona, triste, siempre igual de Henry Kissinger que extrañamente no movió la aguja del magnetófono durante toda la entrevista: 


 “¿Conocen el rumor obsesivo, martilleante, de la lluvia que cae sobre el tejado. Pues su voz es así. (…) Todo está calculado en él; como el vuelo de un avión conducido por un piloto automático. Pesa cada frase hasta el miligramo”…

QUE MUJERES


De la atenta lectura del volumen surge que si hay algo que cautivaba al espíritu libre de Oriana son las mujeres poderosas, las que han logrado doblegar al imperio universal del macho. Golda Meir e Indira Gandhi, en particular, recibieron pues un tratamiento favorable a más no poder. La propia periodista, incluso, admite su descarada falta de objetividad: 


“En una época avara en que los líderes que tienen en sus manos el destino del mundo, salvo dos o tres casos, parecen los apóstoles de lo gris y lo mediocre, Indira se destaca como un caballo de raza…” 

Dos datos curiosos. La entrevista con la estadista israelí debió repetirse, porque en Roma le rapiñaron las cintas de su hotel cuando había salido a comprar un bocadillo. Fallaci culpó a Kadafi por el robo. Después del encuentro en Nueva Delhi, por otra parte, el presidente de Pakistán, Ali Bhutto, la invitó de inmediato a Rapalwindi para darle su propia versión de los dramas del subcontinente. El sueño de todo periodista: que sean las propias personalidades del poder las que te busquen para hablar a corazón abierto.     

Decía Chesterton que uno de los juegos favoritos de la humanidad es burlarse de los profetas. Hay un agrado adicional en el volumen: descubrir los pronósticos fallidos. Willy Brandt vaticinaba que la reunificación alemana no se produciría antes de setenta años. El sha de Irán estaba convencido de que su monarquía duraría mucho más tiempo que la democracia occidental. El comunista Santiago Carrillo aseguraba que una huelga general tumbaría al decrépito Franco. ¡Qué iluso! Yo no veo solución alguna al sudesarrollo en el capitalismo, sentenciaba Don Helder Cámara, otra necedad.

La Falaci de este volumen, hay que aclararlo, no tiene la lucidez ideológica de sus obras tardías. La riña exasperada y exasperante con William Colby, ex mandamás de la CIA, delata su ceguera ante el fenómeno del comunismo europeo, títere de la Unión Soviética, a pesar de los esfuerzos por mostrarse independiente. “Debajo de los discursos tácticos, se esconde una declaración estratégica”, le advertía el caballero estadounidense, con razón. Con un toque siniestro y palabras de Jefferson, Colby justificaba en 1976 el asesinato de Salvador Allende: “El árbol de la libertad ha de ser regado cada veinte años con sangre de tiranos”. Amparaba a Pinochet, porque claro, nada podía ser peor que una dictadura comunista, de la que nunca se había vuelto (¡otra predicción equivocada!). El rencor de Oriana, no obstante, no se explica sólo por simpatías izquierdistas. La periodista sospechaba que la inteligencia americana estaba vinculada con la sospechosa muerte de su amado, el dirigente griego Alejandro Panagulis, a quien también había entrevistado años antes.

Corran a comprar el libro, nuevo o usado. Es fascinante.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente


martes, 24 de abril de 2018

El invierno del lobo

Antes de la Cruz y la Redención, los hombres adoraban a deidades famélicas que exigían, a cambio de favores, una ración de sangre, humana incluso. Como el Hombre Verde, una voracidad malévola dotada de forma vegetal. El culto proviene de la Vieja Europa; sus seguidores se autodesignaron la Familia del Amor. Perseguidos en Inglaterra, los sectarios emigraron a América; piedra a piedra cargaron en los barcos una Iglesia contaminada con imágenes paganas. El espíritu infernal viajó con ellos. Se establecieron en los bosques de Maine y fundaron la localidad de Prosperous. Sus descendientes, mucho más afortunados que la media estadounidense, mantuvieron la pureza étnica y el pacto de Northumberland: cada tanto arrojan a un muchacha del exterior a un agujero en el cementerio a modo de alimento.

Un Pueblo Maldito, el formidable adversario de Charlie Parker y sus dos asesinos de confianza (Louis y Angel) en su décimocuarta andanza. El invierno del lobo fue entregado a la imprenta en 2014. El detective privado investiga la muerte de un mendigo muy peculiar (Jude apareció colgado pero sólo las autoridades concluyen que fue suicidio) y la desaparición de la hija del indigente. La chica, al parecer, había conseguido trabajo en Prosperous. Qué mala suerte.

Una comunidad endogámica, anclada en el pasado, con muy feas tradiciones, adoradores de un demonio es pues el eje de las últimos dos libros de John Connolly (pinche aquí). Se trata de novelas tan policiales como fantásticas. Un híbrido muy bien logrado. Lo confieso: Connolly es uno mis autores favoritos.

En primer lugar, me agradan sus indagaciones teológicas. Como buen irlandés católico establece una verdad histórica: las herejías han causado siempre más daño que las religiones tradicionales. También desliza un pensamiento esotérico inquietante:  los hombres crean a los dioses en igual medida, si no más, que los dioses crean a los hombres. Ergo, los dioses pueden morir. Es la fe lo que les otorga poder. Fascinante, ¿verdad?


En paralelo al combate contra los familistas y los rostros foliados de la Santa Capilla de la Congregación de Adán antes de Eva y Eva antes de Adán, operan tras las bambalinas criaturas escalofriantes que forman parte de la mitología Connolly: el Coleccionista, los Hombres Huecos, el Cambión, los Patrocinadores, que intentan despertar a un divinidad dormida. El detective es una Fuerza de la Luz. Se lo conoce y teme por su eficacia para airear secretos enterrados y aniquilar a sus enemigos. Ha sido tocado por el Divino, reconocen los malos con admiración. Pero en esta ocasión a Parker lo cosen a balazos…

Digamos una vez más que Connolly es un magnífico constructor de villanos. Sus personajes son rotundos, con una doble excepción: Luis y Angel, los sicarios de Parker, una pareja homosexual de contornos no bien definidos. Sus diálogos son sosos, pero se trata de un caso aislado. El literato, por lo demás, siempre quiere enseñarle algo a sus lectores. En esta ocasión, sale en defensa de los sin techo: vivir en las calles es un trabajo agotador del que casi nadie puede escapar.

A esta altura, hay que reconocerle a Connolly que ha logrado el tono justo de la novela negra, con su ironía, su sarcasmo, sus réplicas ingeniosas, sus metáforas para coleccionar. Además nunca es aburrido y ha creado un ambicioso universo fantástico. Falta de ambición, radix omnium malorum. La raíz de todos los males de la literatura moderna.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena

PD: En este blog se han aplaudido otras novelas y cuentos de Connolly.
1 - http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/12/nocturnos.html
2 - http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/11/los-atormentados.html
3 - http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/03/cuervos.html

lunes, 23 de abril de 2018

Leer como niños (a Neil Gaiman)

Los cuentos de hadas son más que ciertos. No porque digan que existen los dragones, sino porque dicen que se los puede derrotar.
G. K. Chesterton

Para disfrutar de las obras de Neil Gaiman (Porchester, 1960) hay que aceptar una premisa de hierro: ahí afuera existe un multiverso, relumbrante y mágico. Están los Angeles, los Dioses del Caos y los Señores del Orden. Están las razas antiguas, altas pálidas y élficas y los reinos jóvenes. Están los trolls y la gente, como nosotros, aburrida, estúpida y normal. En términos borgeanos, es una literatura que exige completa suspensión de la incredulidad. Compórtate como un niño con el libro y serás recompensado. Gaiman es uno de esos autores dignos de confianza, que creen que no debe haber nada oculto baja la superficie de una buena historia.

El sello Salamandra reimprimió ahora Humo y espejos (395 líneas) una colección de cuentos publicados entre 1985 y 1998, la mayoría en antologías específicas (para una de relatos sobre el Santo Grial, otra sobre Navidad, otra sobre la revista Penthouse, otra con relatos de cien palabras, otra más sobre el sexo, etc, etc.).

Descubrimos pues un Gaiman inexperto que, mientras buscaba sus propia imaginería, se ganaba la vida reescribiendo clásicos, como El retrato de Dorian Gray o las pesadillas horrorosas de Lovecraft. Y no lo hacía mal. Realmente, nadie que lea el magnífico Nieve, cristal y manzanas (oímos la atormentada voz de la madrastra) volverá a sentir simpatía -ni siquiera piedad- por Blancanieves y sus infames siete enanos.

El volumen tiene dos puntos flacos. El primero es cierta veta costumbrista, que allí donde aparece nunca levanta vuelo. Por fortuna, sólo lastra uno o dos cuentos. En segundo lugar, los ocho relatos en verso hacen rechinar los dientes. Una de dos. Exigen una traducción más competente (un poeta, sobre todo) o definitivamente Gaiman solo nació para la prosa.

Hecha esta salvedad (doble), digamos que la recopilación atesora entre diez y quince cuentos, entre buenos y excelentes (de un total de treinta), algunos, incluso, con sentido del humor. El recurso de añadir un elemento fantástico a una narración convencional es la piedra de toque del libro. Por ejemplo, una familia adopta un gato negro; poco después descubre que la protege del Diablo y la Mala Suerte. Otra se va de picnic al fin del mundo. Literalmente. Un remedio para curar el cáncer provoca -como efecto secundario- cambio de sexo.

Al parecer, hay una pregunta de los periodistas o de los lectores que Gaiman detesta con toda su alma: "¿Cómo se le ocurren a usted estas cosas?". Es que no sabe bien qué decir a los curiosos. "Confluencia", es una respuesta de compromiso."De pronto, las cosas encajan. Se reúnen los ingredientes adecuados y ¡abracadabra!". La magia de la buena literatura.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: bueno

PD: En este blog, se elogiaron otros dos libros de Gaiman:
1) Un libro de cuentos http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2017/04/material-sensible.html

2) Y una novela http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2017/09/neverwhere.html

sábado, 14 de abril de 2018

La chica del tambor

No hace falta leer a Neil Gaiman o a Stephen King, para percatarse de que por debajo de la realidad cotidiana -donde moramos la personas aburridas- existe otro mundo fascinante, aunque no fantástico: el inframundo de los servicios secretos. Se rige, como es sabido, no por la ética o la moderación, sino por una letal búsqueda de la eficacia para que los Estados puedan cumplir sus objetivos, en el mejor de los casos, no reprobables. Es una tarea sucia, más roñosa que la bodega de un carguero.

Quien mejor ha explorado esas catacumbas hediondas es un ex diplomático de la Gran Bretaña, cuyas novelas -mitad ficción, mitad documentales- han recibido la bendición del público y la crítica. Es decir, son muy entretenidas y no resignan calidad literaria. Hablamos, naturalmente, de John Le Carré (Dorset, 1931).

En 1982, Le Carré publicó La chica del tambor. Encontré un ejemplar en buenas condiciones, con tapa dura (Emecé Editores, 555 páginas) y precio insignificante en el segunda mano del Ejército de Salvación. Qué maravilla. Hoy puedo afirmar que se trata de la mejor novela que le he leído a un autor imprescindible. La traducción de Daniel Zadunaisky, para mejor, es impecable. La erótica de la obra llega intacta a nuestras manos.

La trama encara el sórdido conflicto entre Israel y los palestinos. Volvemos a la década del ochenta. Una célula árabe utiliza chicas occidentales para derramar sangre judía en Europa: entre otras atrocidades, vuelan la casa del agregado laboral israelí en Bonn. El Mossad secuestra a una insensata actriz británica, ‘Charlie La Roja’, y la induce a infiltrarse en el grupo terrorista; debe representar el papel de amante secreta de un joven palestino muerto, con el fin de atrapar al hermano de éste, el cerebro de la banda. “Si quieres atrapar un león, primero debes atar una cabra“, es la premisa del plan, un asombroso mecanismo de relojería, que a primera vista parece inverosímil. El suspenso está bien dosificado.

Es excelente el libro por varias razones. En primer lugar, ofrece información precisa sobre asuntos candentes, muchas veces de primera mano. Se nos ilustra sobre la política interior de Alemania (Le Carré sirvió como funcionario del Foreign Office en Bonn y Hamburgo), el reclutamiento de agentes israelíes en Occidente, la construcción de bombas caseras, los campamentos palestinos en Líbano, las intrigas en Jerusalén el seno de los servicios de inteligencia (la vieja guardia europea vs. el ejército de expertos campamentos origen local), y entre éstos y los políticos que prefieren los bombarderos indiscriminados (en el Líbano ayer, en Gaza hoy) a luchar contra el enemigo usando la sesera. Muy inspiradora es la crítica a los pseudointelectuales que abrazan las causas del izquierdismo radical, producto, por lo general, de un trauma o una carencia psicológica. “Los rebeldes sólo ansían una más cómoda conformidad”, apostilla. 

Otra virtud es que si prácticamente todos los personajes son rotundos, los espías israelíes resultan memorables. En primer lugar, Marty Kurtz, “veterano de todas las guerras desde las Termópilas”, director de orquesta en la ‘operación Charlie‘, maestro del engaño, un inquisidor que postula que la tortura es contraria a la ética y al espíritu de su profesión de interrogador. “Esforzaos es utilizar la violencia contra la mente y no contra el cuerpo”, postula.

También atrapa nuestra imaginación, Gary Becker, mítico comando de elite, ángel exterminador entregado a la limpieza de los verdugos de los judíos, con mil cicatrices en el cuerpo y en el alma. En realidad, es un escalador que se ha hartado de las montañas. Construye con la pobre inglesita (pacientemente le lava el cerebro) una tortuosa historia de amor. Los cambios de decorado, por cierto, son frenéticos: Bonn, Munich, Jerusalén, Berlín, la frontera turcogriega, la isla de Mikonos, Atenas, Londres, Tesalónica, Salzsburgo, Beirut, Sidón… ¡la novela no se queda quieta!

JUEGO LIMPIO

Hay que destacar el fair play del Le Carré. Su enfoque moral resulta inexpugnable. Los dos puntos de vista están bien desarrollados. Ambos exhalan angustia. Si por un lado, alguien nos dice esta gran verdad: “si los dejarán en paz, los israelíes no matarían a un solo palestino en lugar alguno”; varias páginas más adelante se nos recuerda que “el acto más cruel y burlesco de los últimos treinta años es que el Estado de Israel ha convertido a los palestinos en los nuevos judíos de la historia”. Saque usted sus propias conclusiones.

De la prosa, algo debemos decir. Tiene dejos de Graham Greene y de Doris Lessing en sus brillantes indagaciones. Tiene profundidad psicológica y emplea la ironía y el sarcasmo, lo que es siempre señal de inteligencia. Le Carré no tiene prisas, se toma todo el tiempo del mundo para los interrogatorios, los estados de ánimo, las entrevistas. Fondo y forma son, en síntesis, un conjunto armonioso que hacen fluida y placentera la lectura. La novela ha superado airosa el paso del tiempo. La guerra en Medio Oriente continúa.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD: La novela ha sido llevada al cine en 1984 e inspiró una miniserie de la BBC, aún no exhibida. Prefiero no verlas.

jueves, 12 de abril de 2018

'O mecanismo', una serie esclarecedora


Ficha técnica:


Dirección: José Padilha (piloto), Felipe Prado (2 episodios), Marco Prado (3 episodios) e Daniel Rezende (2 episodios)Guión: Elena SoárezElenco: Selton Mello, Caroline Abras, Enrique Díaz, Lee Taylor, Jonathan Haagensen e Otto Jr.Nacionalidad y lanzamiento: Brasil, 23 de marzo de 2018 en Netflix (mundial)


Después de atizar a las aerolíneas de bajo costo y a los créditos UVA, el kirchnerismo recalcitrante ha encontrado un nuevo enemigo: Netflix. La muchachada militante está indignada (como sus primos populistas de Brasil) con la presentación de una miniserie esclarecedora, proveniente del país vecino, que desnuda el mayor robo de dinero público que ha sufrido América latina durante este siglo. Es decir, se han enfurecido porque O mecanismo detalla en los ocho capítulos de la primera temporada la complicidad de Lula y Dilma con el Petrolao.

La tesis -inobjetable- de la tira es que la corrupción no tiene ideología y que los políticos nac & pop, que supuestamente iban gobernar de manera distinta, no son éticamente mejores que los de la derecha pura y dura. Esa insoportable superioridad moral con la que gusta pavonearse el progresismo es un fraude (como la fortuna de Lázaro Báez).

En líneas generales, la miniserie se apega pues a la verdad histórica; las diferencias -una frase que en realidad Lula no dijo, por ejemplo- se encuentran sólo en los detalles. La libertad creativa se expresa en uno o dos anacronismos, en algún caracter magnificado, se incorporan los consabidos desahogos sentimentales, y se modifican ligeramente los nombres. Por ejemplo, Dilma Rousseff es Janete Ruscov y el intrigante Michel Temer se llama Samuel Thames. Todos los personajes significativos de la pantalla tienen su correlato en la política de Brasil de los últimos diez años.

O mecanismo es una creación del talentoso cineasta Sergio Padilla (Narcos y Tropas de elite). Las actuaciones son soberbias y no se escatimaron gastos para la factura de un producto de alta calidad. Para quien esto escribe, la realidad narrada es siempre más interesante que la fantasía. Seguimos paso a paso el proceso policial y jurídico conocido como Lava Jato que -para bien de toda América latina- concluyó en el encarcelamiento de peces gordos de la política (tanto de la derecha como de la izquierda) y de los negocios. El suspenso lo aportan las maniobras de los canallas para librarse del castigo. La tensión nunca decae. Concluye la primera temporada, con los sucios esfuerzos para asegurarse la impunidad de Marcelo Odebrecht, el titular de la mayor constructora del cono sur, hoy un verdadero emblema de la podredumbre latinoamericana.

El thriller político, que ha sido comparado con The Wire, establece:

* Durante los mandatos de Lula y Dilma, Petrobras se convirtió en la caja de financiación de los grandes partidos de Brasil. El PT y el PMDB (su principal aliado durante diez años) controlaban direcciones estratégicas de la petrolera estatal que recibían, en carácter de soborno encubierto, el 1% de los grandes contratos con empresas privadas. 

* El mecanismo es un circulo vicioso: los gobernantes electos por el pueblo designan a los directores de Petrobras que a su vez amañan los contratos con los colosos de la construcción en Brasil. Los empresas resignan parte de ese dinero mal habido, que termina en las arcas de los partidos políticos. 

* Intermediarios, cambistas, entregaron a los dirigentes políticos enormes maletas repletas de dinero.  

* El circulo vicioso se reproduce en corruptelas domésticas, de bajo monto. Es un cáncer que hizo metástasis. Y los que luchan contra él cáncer, no salen indemnes. 

* Lula recibió un triplex de una de las constructoras favorecidas con contratos inflados.

* El líder de la oposición derechista, Aecio Neves es, incluso, más enviciado que los gerifaltes del PT. Junto al vicepresidente Temer maquinó la destitución de Dilma, con el apoyo decisivo de la prensa.

* La política en Brasil es una guerra de pandillas. Cuando algo se mueve es porque a una de las facciones le conviene.

* La fuerza motriz del Lava Jato fue un puñado de policías honrados, dos fiscales ambiciosos y el valiente (aunque algo presuntuoso) juez Sergio Moro que desde una capital de provincias (Curitiba) cambiaron -para bien- nuestra historia. 

A ver, gente, si logramos dimensionar la audacia: un magistrado probo de la remota Maringá puso de rodillas a los malandras más poderosos de Brasilia, San Pablo y Río de Janeiro. Moro es el verdadero héroe de este lío. 
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena



lunes, 2 de abril de 2018

Tiempos oscuros

"Hay un tipo de maldad que ni siquiera se opone al bien, porque el bien es irrelevante para ella. Es una abyección que radica en el corazón de la existencia, que nació de la naturaleza misma del universo. Está en la descomposición hacia la que tienden todas las cosas. Existe, y siempre existirá, pero al morir la dejamos atrás".
 J.C.

El Tajo es un fenómeno aberrante en el distrito más pobre (Plassey County) del estado más atrasado (Virginia Occidental) de la Unión. Una comunidad endogámica, que desciende de doce familias de colonos escandinavos del siglo XVIII, prospera en ese valle minero gracias al latrocinio sistemático. Sus hombres no titubean en quemar vivo a cualquier incauto que amenace el feroz aislamiento. Adoran a una criatura infernal: el Rey Muerto.

Con los atroces pecados de El Tajo deberán lidiar el detective privado Charlie Parker y los dos ángeles de la muerte que lo secundan. Sus caminos se han entrecruzado a raíz de una venganza implacable que el líder de la secta, Oberon Olhouser, aplica sobre un pobre diablo que osó defenderse con balazos y buena puntería de dos de los hijos del gánster durante un asalto en Maine. 

La cena está servida y es muy sabrosa. Es probable que Tiempos oscuros (Tusquets, 477 páginas), decimoquinta entrega de las andanzas de Parker, sea el mejor libro que haya escrito John Connolly (Dublin, 1968). Al menos, es el mejor que le ha leído el autor de este artículo a un novelista concienzudo que ha renovado el género policial mediante la delicada incorporación de elementos fantásticos y teológicos, y cuyo prosa es, a esta altura, más estadounidense que las hamburguesas de McDonald"s pero con un leve toque exótico. El placer de un buen escritor en su plenitud artística.

VARIAS LINEAS

Relumbra la obra, sobre todo, por los relatos paralelos, es decir por la habilidad del literato para manejar varias líneas argumentales, algunas de las cuales provienen de libros anteriores. Charlie Parker se ha convertido en un arma en manos de un Dios invisible. Tiene el cuerpo dañado, aún no se ha recuperado del todo del sufrimiento que le produjeron las múltiples heridas de bala. Es un hombre que volvió de la muerte, pero si de verdad los ojos son las ventanas del alma, los del investigador arden con un fuego nuevo. Se convirtió en un cazador, sus presas son hombres cuya depravación escapa de lo humanamente comprensible. El FBI le paga pero no lo hace por dinero. Lo acompañamos a Champaign, Illinois, para atrapar in fraganti a Roger Ormsby, un vampiro emocional, cuyo sadismo refinado se inspira en las dictaduras militares de Chile y la Argentina: con la desaparición de niños quiere causar daño de forma lenta y concienzuda a lo largo de décadas a los padres. Siniestro, ¿verdad?

La línea principal de acción es, como se dijo, la que deriva de El Tajo, pero además una entidad sobrenatural se ha despertado, Abadón, el dios de las Avispas. Jennifer Parker, la hija muerta del detective, envía mensajes desde el más allá. Las novelas de Connolly son góticas, en el sentido de que los fantasmas están siempre presentes. Sólo algunos desdichados pueden percibirlos.

Connolly es un maestro en el arte de componer villanos escalofriantes. Lo único que puede reprochársele es que liquida demasiado pronto a personajes promisorios que si bien cumplen un papel secundario atrapan nuestra imaginación, como el propio Ormsby o Gideon Hobbs del feudo sureño, "un insecto palo al que se le hubiera dado forma humana". También merece elogios el autor por la fuerza de las escenas. Las últimas ciento cincuenta páginas de Tiempos oscuros, una verdadera carnicería, magnetizan los dedos, se devoran con fruición. Qué potencia narrativa. 

Viene salpimentada la trama con mucha información, retratos minuciosos, subhistorias que casi siempre involucran actos menores de depravación y observaciones inteligentes, es especial sobre uno de los mayores misterios de la humanidad: la naturaleza del mal y su relación con el Creador. No existe vate irlandés de valía, al parecer, que en algún momento de su obra no se haya interrogado sobre la presencia de Dios. Irlanda es una isla intensa y poéticamente religiosa, sus escritores combinan realismo con misticismo.

Por otro lado, si uno mira con atención el mapa de Virginia Occidental llega a concluir que el Plassey County de la ficción es el Pleasants County de la vida real, a un escupitajo de distancia de Ohio. El corazón del resentimiento blanco. En 2016, Donald Trump obtuvo el 74,9 por ciento de los votos.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: En este blog, se han comentado otras obras de Connolly:
1 - Un libros de cuentos:
 (http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/12/nocturnos.html)
2 - Y dos novelas:
http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/11/los-atormentados.html
http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/03/cuervos.html

lunes, 26 de marzo de 2018

Historias cortas

Por Rubem FonsecaTusquets. Cuentos, 172 páginas

Vargas Llosa ha establecido que Rubem Fonseca (Minas Gerais, 1925) pertenece a la misma estirpe narrativa que Manuel Puig, Umberto Eco y Manuel Vázquez Montalbán. "Es uno de esos escritores contemporáneos que han salido de su biblioteca para hacer literatura de calidad con materiales y recetas hurtados a los géneros de gran consumo popular", como el cine, la historieta, el folletín o la telenovela. Es decir, aplica el pastiche, un procedimiento que la crítica ha rotulado como posmoderno.

Ese empeño artístico se percibe en un libro de cuentos que Don Fonseca publicó a los noventa años, proeza de longevidad creativa con escasísimos precedentes (excepto en Italia: Camilleri, Montanelli, Sartori). Historias cortas atesora treinta y ocho relatos breves, algunos muy buenos, otros muy malos, la mayoría pasables.

Los admiradores del vate no se sentirán defraudados; quienes no lo conocen deben saber que, si bien no es éste su mejor libro, encontrarán aquí una puerta de entrada a unas de las plumas más estimulantes del Brasil contemporáneo, cuyo tono naif disimula una aguda crítica social.

Predomina la primera persona del singular. Da voz el volumen a una galería de pilantras francamente divertidos: delincuentes, viejos cascarrabias, chiflados, cínicos, pervertidos (¡hacer el amor con un árbol!), obesos, mutilados. El giro inesperado al final es la piedra de toque de muchos textos. Verbigracia: escuchamos a un anciano despotricando contra la sociedad de consumo, el filisteísmo, el mal gusto de las masas, los social climbers... Para preservar a su familia de esos flagelos modernos planea legar sus bienes a instituciones de caridad... . "¿Pero qué pasa nietecito? Suéltame el cuello, me estás apretando muy fuerte, me ahogas, me quedo sin aire, ay, ay. estoy...".

El humor está bien logrado, como en ese texto en que al protagonista sólo le ocurren desgracias. Menos afortunado es el recurso de extrapolar definiciones del diccionario o la enciclopedia, una y otra vez hasta el hartazgo; acaso por la voluntad del autor (¿populismo literario?) de hacerse entender por el más zoquete. Se ha acusado a Fonseca de sensacionalista y de incurrir en lo soez. En Historias cortas hay un poquito de eso, también. Pero el lector nunca deja de interesarse en lo que le cuentan.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno


PD: Hace diez años, sugería la lectura de esta novela de Fonseca https://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/03/diario-de-un-libertino.html
Me tienta releerla.

viernes, 23 de marzo de 2018

Absolutamente Heather

"Pasé por delante de esta hermosa colegiala que entraba en un edificio en construcción, y vi a un hombre que trabajaba allí mirarla con una intensidad amenazante. ... Lo que escribí fue: ¿Y si su padre lo viera?".
 Matthew Weiner

Ha prestado Matthew Weiner (Baltimore, 1965) un valioso servicio a la humanidad. Creó, produjo y dirigió Mad Men, uno de los mejores dramas televisivos de todos los tiempos. Dicen que David Chase, factótum de Los Soprano (otra serie sublime), quedó tan impresionado con el guión que ordenó de inmediato contratar a Weiner, quien a la sazón escribió la quinta y sexta temporada con las peripecias de la mafia neojerseíta.

Ha decidido Weiner saltar a la literatura. "Escribir este libro me ha cambiado la vida y ha supuesto hacer realidad un sueño de la infancia", escribió al final de la obra, justo antes de una larguísima perorata con los agradecimientos, una peste contemporánea de la que, al parecer, ningún autor principiante puede substraerse.

Ha publicado Weiner Absolutamente Heather, un cuento alargado (se puede leer de un tirón) con suspenso bien dosificado. Son 156 páginas (cuatro con agradecimientos) en la edición de Seix Barral, que podrían haber sido menos si los párrafos no hubieran estado separados con doble espacio en blanco. Como relato breve está bien, como novela corta es un fiasco, nunca puede quitarse de encima el tufillo, a cosa inacabada, a bosquejo; le falta carne, además de diálogos, detalles y ambición.

EL DIA Y LA NOCHE

Ha apelado Weiner al truco de las vidas paralelas. La historia une dos destinos que son como el día y la noche: Heather Breakstone y Robert Klasky. El lujo excesivo de Manhattan vs. las barriadas miserables de Nueva Jersey.

Heather es hija de un amor tan incondicional como asfixiante de padres primerizos y cuarentones; nada ha faltado en su hogar, excepto el sentido común. Sus papás, Mark y Karen, se casaron mayores y la relación se fue degradando conforme la atracción sexual se desdibuja, aparecen dificultades laborales y tribulaciones inmobiliarias, y el retoño se rebela. Nada del otro mundo, por cierto. Viven en un universo donde "la mayoría de las interacciones sociales son superficiales y jactanciosas por parte de todos los implicados".

Problemas de verdad son los que ha soportado Robert. Procede de algún orgasmo fugaz y sin compromiso: su madre considera que la heroína es lo mejor que le ha ocurrido en su vida. Su hogar fue un infierno y lo convirtió en un psicópata, capaz de reventar a golpes a un chica mexicana porque se niega a acostarse con él. Después de tres años en la cárcel (fue reclutado por los skinheads) llega al edificio de Heather como obrero de la construcción. Deseo a primera vista, el depredador acecha a su presa, pero Mark descubre sus miradas codiciosas (no se trata sólo de lujuria) y enloquece cavilando cómo proteger a su niña del Trabajador.

Ha recibido Weiner por su nouvelle alabanzas totalmente desaforadas, de personalidades como Michael Chabon y Nick Cave. Ya sabe usted que en el bastardeado negocio de la crítica literaria es afortunado el que tiene muchos amigos o conocidos que sospechan que alguna vez necesitarán pedirle un favor. En The Guardian, John Banville ha definido al libro "como una alegoría de la decadencia estadounidense" (¿qué decadencia, maestro?) y sugiere, incluso, leerlo dos veces (no seguiré el consejo).

Es verdad que la prosa merece elogios por su precisión, por sus relámpagos de lucidez en los retratos y por su legibilidad, pero no hay aquí lo que podría llamarse un estilo en juego. Absolutamente Heather es un cuento ingenioso con crítica convencional a las miserias contemporáneas, nada más que eso. No le cambiará la vida a nadie, ni siquiera a su autor. Le dará a todos los demás, no obstante, un agradable y poco exigente momento de lectura.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

sábado, 17 de marzo de 2018

La marcha Radetzky

"Conservar la dignidad, es lo único que se puede hacer" Joseph  Roth

POR GUILLERMO BELCORE

Se tiene la impresión de que habría sido preferible mil veces para los pueblos de centro y el este de Europa que el Imperio Austrohúngaro no se hubiera desintegrado hace cien años, víctima de la Gran Guerra. Lo que vino después fue infinitamente peor. Una lenta evolución hacia la monarquía parlamentaria donde cada minoría nacional tuviese efectiva representación (y su propio equipo de fútbol) seguramente habría evitado los ríos de sangre que hicieron correr fascistas y bolcheviques desde Trento hasta Lemberg. Los totalitarismos no sólo exterminaron a millones de personas, también destruyeron una de las culturas más fecundas de Occidente.

Es probable que ningún texto haya narrado con tanta belleza y profundidad el ocaso de la dinastía de los Habsburgo que la novela histórica, un poco olvidada, que aquí venimos a rescatar. La marcha Radetzky (*) ha superado airosa el paso del tiempo. Fue entregada a la imprenta en 1932 y aún hoy es una lectura placentera y provechosa para todo aquel que se interese en el tema.


El autor de Radetzkymarsch era un desterrado que consideraba que su única patria había sido el Imperio Austrohúngaro y que siempre escribía en alemán. Moisés Joseph Roth nació en Galitzia en 1894 y murió pobre y enfermo en París en 1939, donde se había refugiado cuando Adolf Hitler tomó el poder. Por algunos años fue el periodista mejor pago de Berlín, por un tiempo militó en el Partido Comunista (se lo conoció como Joseph el Rojo). No obstante, su única influencia seria -escribió Cabrera Infante- fue el alcohol de ciento ochenta grados. En efecto, Roth era un alcohólico incorregible que se consideraba a sí mismo como un "dibujante de las facciones (irregulares) de una época".


No es pedantería. Roth fue un dibujante extraordinario, genial. En su obra maestra esboza con talento cincuenta y cinco años de historia europea, desde la batalla de Solferino (1859) hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914). El hilo dorado son las peripecias de los Trotta, señores de Sipolje por gracia de Su Apostólica Majestad. El viejo Joseph era un teniente esloveno que le salvó la vida al emperador Francisco José en el campo de batalla y fue recompensado con un título nobiliario y una fortuna. De simple campesino a barón. Su hijo ascendió a jefe de distrito en Moravia y se convirtió en modelo de funcionario, la fidelidad en persona. El nieto del héroe de Solferino, aunque militar también, fue un tarambana aficionado a las mujeres casadas, con una crisis de identidad tremenda. La degradación de un Imperio a través de la decadencia de una familia.


AUTOR HEDONICO


La novela fue compuesta en clave de naturalismo tardío, pero con algunos acordes románticos. Roth era también un escritor hedónico. Detalla manjares y placeres de la carne. El adulterio es una presencia constante: "La señora de Taussig era guapa y no era joven"". ¡Qué manera encantadora de comenzar un capítulo! Las bebidas espirituosas también salen reivindicadas, en nombre de la sed del bebedor, "que es sed del alma y del cuerpo como si, de repente, se viera menos que el miope y se oyera menos que el sordo, entonces es preciso tomar inmediatamente, allí donde uno esté, unas copas". ¿Dijimos que Roth era un borrachín, que murió joven sumido en un delírium tremens?

La tesis primordial del libro es que la desintegración de Austria-Hungría era irremediable, pues se sostenía sobre una idea a la que le había llegado la hora de enterrarla con todos los honores: el derecho divino de los reyes a mandar sobre poblaciones diversas. Dos nuevas religiones seculares habían atrapado la imaginación de los pueblos: el nacionalismo y el socialismo. "Revolución, la más infame de todas las palabras" (Trotta dixit) asediaba al águila bicéfala de los Habsburgo como si se tratase de un cuervo hambriento y en las redacciones de "esos cochinos periódicos" se tramaban las ideas modernas. "El mundo en que todavía valía la pena vivir estaba condenado a desaparecer".
 

No oculta el novelón (574 páginas, en la edición de Pocket Edhasa) que, detrás de su espléndida fachada el abigarrado reino (abarcaba 675.936 kilómetros cuadrados) estaba podrido, minado por la miseria, las injusticias y un pesado ceremonial. Para peor, su principal pilar, el Ejército plurinacional, era una institución estúpida, regida por un código de honor pasado de moda y extravagantes disposiciones.

Roth retrató aquella mediocridad inocentona con un manejo formidable de la escena. Los Trotta nos llevan a la Viena imperial ("la ciudad era únicamente una inmensa casa real"); a una plácida capital de provincias; a los confines orientales (la actual Ucrania) donde la aristocracia castrense, aburrida como una ostra, se arruina la vida apostando a la ruleta y a las barajas.
El propio emperador, tan decrépito como atolondrado, es otro personaje memorable. Hay capítulos con una tensión insoportable, como el del duelo en el que murió el bueno del doctor Demant, el que narra la represión militar a los huelguistas de la fábrica de crin, o ese otro en que Trotta (nieto) va a darle el pésame al suboficial Slama por la muerte de su esposa, con quien el teniente se acostaba con regularidad. Digámoslo claro: La marcha Radetzky es Alta Literatura, revelación del naufragio de un mundo que era su mundo.


Como se especuló al principio, resulta interesante pensar que hubiera ocurrido en Europa si cuajaba el sueño del Archiduque Francisco Fernando de crear los Estados Unidos de la Gran Austria con alemanes, checos, croatas, eslovenos, eslovacos, húngaros, rutenos y otros pueblos prosperando en paz. Escribió Roth que "bajo el imperio multinacional de los Habsburgo las minorías se encontraban en una casa amplia". Con los monstruos que sucedieron al bueno de Francisco José, encontraron una tumba.


* "La marcha Radetzky", compuesta por Johan Strauss padre en 1848, era considerada símbolo de la monarquía austríaca (https://www.youtube.com/watch?v=MobMllyybns).


Calificación: Excelente

viernes, 23 de febrero de 2018

Perros Salvajes

Por Ian Rankin

RBA. Novela policial, 438 páginas


Algún día, la crítica literaria deberá incluir entre sus sistemas de medición el Indice de Bostezabilidad (IB). Es decir, mesurar el tedio que provoca una obra en el lector. En Perros salvajes , la más reciente obra del británico Ian Rankin (1960) que llega al español, el IB es cercano a cero. La novela policial, sin ser nada del otro mundo, cumple sobradamente con su misión primordial: entretiene de cabo a rabo, nos arranca de las garras del maldito ocio.

Viajamos a la gélida Escocia. Según la autorizada opinión de James Ellroy, Rankin es "el padre y el rey del tartan noir". El detective John Rebus acaba de jubilarse, pero la policía de Edimburgo, una ciudad que sabe cuidar sus secretos, no puede prosperar sin él. Lo reclutan para esclarecer el asesinato de Lord David Milton, ex abogado de Su Majestad. Cuando el experimentado sabueso hinca el diente en un caso ya no lo suelta. Rebus no tardará en descubrir que se trata de un asesino en serie, cuyas balas homicidas rozan a su gran enemigo: Big Ger Cafferty, un gangster venido a menos.

Hay una segunda línea argumental también fecunda: la disputa territorial entre mafiosos locales y foráneos -de los bajos fondos de Glasgow para más señas- que está a punto de desatar una guerra abierta. Esa tensión (más el deseo de saber quién es el ajusticiador de Edimburgo) nos mantiene los dedos magnetizados hasta la última página. Rebus, por otro lado, nos enseña que a menudo resulta imprescindible pactar con el diablo para evitar derramamientos de sangre, que siempre es el mal mayor.

No hay aquí descripciones que corten el aliento o sondas arrojadas a la profundidad de la psiquis o la sociedad. La prosa carece de densidades estilísticas, es puramente funcional, dicho esto sin menoscabo. Tampoco encontrará el lector réplicas agudas como una daga. Los personajes son de carne y hueso sí, pero no hay alguno memorable. Rankin se las ingenia para evitar el maniqueísmo (hay policías corruptos y hampones con escrúpulos) aunque incurre en sensiblerías. El color local es suave, como la civilizada Escocia, que, por cierto, puede recorrerse de punta a punta en medio día y donde el delito hoy no constituye un problema para la mayoría de sus habitantes. Allí también parece que el periodismo esta agonizando por culpa de Internet.

El thriller me suscita un pequeño problema personal. Quienes veíamos en Film & Arts la esplendida Rebus no podemos sacarnos de la cabeza la imagen, los tics y la voz -sobre todo la voz sublime- del actor Kenneth Stott. Así de avasalladora es la televisión. Puede decirse, no obstante, que Perros salvajes es tan recomendable como la serie.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

martes, 13 de febrero de 2018

Discovery, lo que salió mal.

"La primera temporada fue realmente sobre la guerra y cómo la guerra puso a prueba nuestros ideales como Flota Estelar. Fue mucho sobre el arco de la historia de Michael y su lugar en la Discovery. Fundamentalmente, se trataba realmente de reunir a esa tripulación como una familia. Si miras al equipo al principio, están muy separados y todavía no estaban conectados. No están seguros el uno del otro y su lugar en la nave. En el transcurso de la temporada, realmente se convierten en una familia” Alex Kurtzman, productor ejecutivo y cocreador


Hoy terminó la primera temporada de Discovery. Vamos a extrañarla. La rutina de los lunes comenzaba para miles de trekkies -como el que esto escribe- en ver el capítulo estreno antes o después de desayunar. Es una muy buena noticia que Netflix y CBS hayan decidido prolongar la mejor serie espacial de todos los tiempos después de más de una década de doloroso olvido (Enterprise se despidió en 2005). 

Crearon magníficas naves, uniformes atractivos, un capitán memorable, la especie de los kelpianos, un método biológico de transporte interestelar y una guerra contra el Imperio Klingon. No es poco. Pero al mismo tiempo eligieron guionistas de escaso talento: las tramas, los diálogos, la mayoría de la escenas de los quince capítulos son, en conjunto, flojos, a pesar de que se han invertido -según dicen- unos siete millones de dólares por episodio. El equipo dirigido por Akiva Goldsman, Aaron Harberts y Gretchen J. Berg ofende con giros argumentales realmente absurdos. La serie, por así decirlo, se pega un tiro en el pie. Va de más a menos, con un desenlace francamente pueril.

Muchos fanáticos arguyen que en realidad todas las primeras temporadas de la saga han sido flojas. Para mí no es verdad, con la excepción quizás de TNG. En la primera temporada de DS9 (la joya de la corona) hay capítulos sublimes como Dúo (los discursos filosóficos de Gul Darheel, el carnicero de Gallipet, son antológicos) y en la de Voyager se plantean cuestiones científicas de alto vuelo como la posibilidad de curvar el espacio o de que el efecto preceda a la causa. Esa excelencia dramática y esa incursión en los misterios del universo prácticamente están ausentes en Discovery, con la salvedad del radiante episodio 7 (La magia que vuelve loco al hombre cuerdo), donde el malvado Harry Mud sume a la tripulación en un bucle temporal que concluye en la destrucción de la nave.

No puede tomarse seriamente como indagación científica uno de los pilares de la primera temporada: el planteo descabellado de que el ingeniero jefe (que se autoinoculó ADN de un tardígrado colosal y sólo se volvió más divertido) puede hacer saltar de un punto al otro de la Galaxia a la Discovery gracias a la propulsión de esporas, prodigio del que nunca más se escuchara hablar en el futuro. 

En honor a la verdad, la teoría de que el cosmos está unido con una red de autopistas micóticas le ha facilitado muchísimo el trabajo a los guionistas perezosos. La nave podía aparecer donde a ellos le resultaba conveniente, incluso en un universo alternativo, uno de los recursos más trillados de la narración fantástica que en todas las entregas de Star Trek fue un asunto marginal, nunca el corazón de la temporada. El toque inverosímil ha sido demasiado frecuente en Discovery. Abundan las contradicciones. Las piezas encajan de una manera artificiosa, la narración no fluye

Al fin de cuentas, toda la trama se subordinó a la extraña parábola que dibuja la protagonista Michael Burham. De amotinada negadora de los principios de la Federación (los ataques preventivos están prohibidos) a amotinada para defender esos mismos principios (nunca el genocidio es la solución). Happy end con moraleja y redención.

Acerquemos la lupa:

1) Klingons irreconocibles: 
La serie fue ambientada en 2266, diez años antes de la serie original, del capitán Kirk y de Spock, primera decisión polémica (¿Por qué nadie se anima a la posguerra contra el Dominion, con tantas deliciosas posibilidades?). Esto limitó las líneas de acción, aunque los creadores de Discovery demostraron de inmediato que estaban dispuestos a respetar la tradición sólo cuando les convenía. La primera traición que nos han infligido es pulverizar la cultura klingon, tal como la conocíamos en los últimos treinta años, es decir una versión de lo hubiera sido la Tierra si los mongoles se convertían en la potencia dominante en el último milenio. A cambio nos trajeron una suerte de Nosferatus. Da nostalgia recordar a Worf, al general Martok, a los tres guerreros shakesperianos Kang, Koloth y Kor, a B’elanna Torres incluso, en contraposición con estos seres planos, sin matices, horripilantes. Aclaro que la diferencias son tanto estéticas como conceptuales.

Hay un juego de ideas, sin embargo, interesante en la guerra entre la Federación y el Imperio Klingon que se conecta con la situación internacional de 2017. La primera encarna los valores cosmopolitas, democracia liberal, globalización, legalidad, occidentalismo. En la otra trinchera, hay un demagogo obsesionado con la pureza étnica. T’Kuvma representa el particularismo, el American First, el aislamiento agresivo de los Maduro, Castro, Assad, el populismo de ‘vivir con lo nuestro’ de los Kirchner, la religión política como factor de unificación nacional de los ayatolas. Vale decir: la grieta terrestre fue trasportada al Cuadrante Alfa. 

Lamentablemente, la guerra va desdibujándose conforme se avanza en el conflicto en el Universo Espejo y los guionistas la resuelven, a las apuradas -de la manera más chapucera que uno pueda imaginarse- en los minutos postreros del episodio número quince. 

El final, camaradas trekkies, fue un golpe bajo. Siempre en Star Trek estuvo presente la tensión weberiana entre moral de los principios y moral de la responsabilidad, pero no recuerdo que nunca se hayan decantado por la primera con tamaña insensatez como en esta ocasión, cuando la destrucción de la Tierra era inminente.

2) El sacrificio de Lorca:
La primera mitad de Discovery redondea a un personaje inolvidable: el capitán Gabriel Lorca, belicoso, sin escrúpulos, eficaz. Hay dos precedentes en la Federación: los agentes de la Sección 31 y Edward Jellico, el azote de los cardasianos. Creo que todos nos sentimos un poco o muy decepcionados cuando nos enteramos que Lorca provenía del Universo Terrano y, ni hablar, cuando lo liquidan. Adiós al soplo de originalidad. Qué tontería. ¡Matar al mejor personaje de la serie, el único que atrapa nuestra imaginación! En nombre de qué: ¿la perspectiva de género?, ¿la corrección política? La heroína de la tira, se nos había advertido, sería la especialista Burnham (es ésta la serie del liderazgo femenino por excelencia). Soy de los que piensan, empero, que no dio la talla, sobre todo porque arrojaron por la escotilla uno de sus rasgos más interesantes: su formación vulcana.

3) Sin civilizaciones ni humor
Es notable como Discovery ha desdeñado dos elementos primordiales de la franquicia. El primero es la interacción constante con otras especies. Hemos conocido, con el correr de los años, civilizaciones fascinantes, con una impecable lógica interna. Aquí tenemos sólo klingons fallidos, un vulcano y medio, orions, andorianos y tellaritas de refilón. Y sí, la única creatura novedosa y por ello muy atractiva es el ungulado Sarú. Se trata, para mí, de otro lamentable déficit de invención. Es como si los productores eligieran siempre el camino más fácil, el menos exigente para la construcción de la historia. ¿Por eso Bryan Fuller dio un portazo, se distanció de los creativos de la CBS?

La segunda renuncia conspicua es al humor inteligente. ¿Dónde están los Data, los Quark, los Neelix de Discovery? ¿Recuerdan a Trip embarazado? Las únicas réplicas agudas que escuchamos son las del impostor Lorca. La ironía y el sarcasmo brillan por su ausencia. Es probable que no se trate de negligencia de los escritores, sino de un plan deliberado. Este ciclo de Star Trek, acaso, se haya diseñado para los televidentes menos exigentes, los que demandan poderosas imágenes visuales (que las tiene) mucha acción (peleas con artes marciales, sobre todo), sentimentalismo (los pucheritos de Ash Tyler son otro punto bajo) y escasa filosofía y poética. Algo así como el peor Star Wars

Ojalá Discovery levante en la segunda temporada. Tiene con qué. Un poco de erudición haría maravillas. Y traigan a los romulanos de una maldita vez, total el canon ya esta roto.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular 

domingo, 4 de febrero de 2018

Fargo, la serie

Los lugares comunes son eso: fragmentos fosilizados del lenguaje, cuya vínculo con la realidad es a menudo inexistente. Decir "las segundas partes nunca fueron buenas" es un lugar común. Queda demostrado -y por partida doble- en una de las mejores series que hoy pueden encontrarse en el universo Netflix. Fargo no sólo es, por lo menos, tan buena como la película homónima en la que se inspira (para quien esto escribe es incluso superior, pues carece de momentos aburridos), sino que la segunda temporada es una joya tan deslumbrante como la primera. De ellas dos, hablaremos a continuación.

El hacedor de la serie de la cadena FX se llama Noah Hawley (Nueva York, 1967), un verdadero genio, cuyos antecedentes en la televisión (Bones) y en la literatura, hasta donde uno sabe, no permitían suponerlo. Los hermanos Coen, factótums del largometraje, aparecen en los créditos como productores asociados, pero han declarado que no se sienten entusiasmados con el show. ¿Celos? Lo cierto es que no hay nada en los veinte episodios desagradable para el ojo (con la excepción de algunas truculencias) o para el intelecto. Ni siquiera para el oído. En efecto, pocas veces la elección de la banda sonora ha sido tan exquisita, sobre todo en la segunda temporada.

Pero lo realmente memorable son las actuaciones. Debemos convenir que aún hoy la panoplia digital, capaz de crear imágenes asombrosas, no ha podido superar el impacto en la imaginación de un personaje magníficamente interpretado. Cómo olvidar a Don Drapper. O a Tony Soprano. O, en nuestro caso, a Lorne Malvo. Seguramente, la interpretación de este sicario tranquilo, que domina la primera temporada de Fargo, está en el podio de la carrera de Billy Bob Thorton (Hot Springs, 1955).

Malvo es un depredador con flequillito tan fascinante como el Anton Chigurh de Javier Bardem (Sin lugar para los débiles). Es un lobo, nos anoticiamos al final; pero también es un camaleón (se disfraza de pastor luterano y de dentista para engañar) y una serpiente hipnótica, cuyo farfullar, que hiela la sangre, nos acompaña en la cabeza mucho después de que apagamos el televisor. Comparte una característica con el sublime elenco de perdedores de la serie: la tendencia a filosofar.

Se encuentra Malvo al servicio de la mafia, pero sobre todo de su pasión de entomólogo social, gusta de manipular a las personas como si se tratase de sabandijas, de trastocar las normas para ver qué ocurre. De manera casual traba contacto en Bemidji (estado de Minnesota, quince mil habitantes) con el bueno de Lester Nygaard, magníficamente interpretado por ese todoterreno llamado Martin Freeman (Aldershot, 1971). Y le hace un favor. Asesina en el burdel del pueblo a un grandote sin cerebro que lo acosaba en la infancia. Se desata entonces una vorágine de violencia, malentendidos y depravación (de Lester, sobre todo, ¡de lo que son capaces los hombrecitos grises!).

Un par de policías novatos, de buen corazón, restablecerán el equilibrio en la comunidad, no sin un pródigo derramamiento de sangre. Es que las matanzas, como las acciones estúpidas de los personajes y las desoladas llanuras nevadas, son tres elementos comunes de una saga que redondea una fábula moral. Un mensaje se nos ofrece: cuando los ciudadanos comunes y corrientes se relacionan con hampones no puede ocurrir otra cosa que desgracias. Mejor nos limitamos a hacer bien el trabajo que nos ha tocado en suerte y a cuidar a la familia, que es un privilegio no una carga.

VUELTA AL PASADO


La segunda temporada transcurre en 1979. El núcleo incandescente es la masacre de Sioux Falls (Dakota del sur), producto de una guerra territorial entre un clan local de delincuentes (los Gerhardt) y la mafia de Kansas, en expansión hacia el norte. La peluquera del pueblo de Luverne (Minnesota, cinco mil habitantes) tiene la mala suerte de atropellar al menor de los hermanos Gerhardt cuando éste escapaba de la escena del crimen. Su marido, el carnicero del pueblo, tiene la pésima idea de hacer desaparecer el cadáver.

El papel de héroe lo cumple el policía estatal Lou Solverson (Patrick Wilson, Norfolk 1944), un hombre al que no todos nos gustaría parecernos y que en la primera temporada veíamos, ya mayor, como propietario de una cafetería en Bemidji y padre de la agente buenaza Molly Solverson (Allison Tolman, Houston 1981). Kirsten Dunst (Point Pleasant, 1982) como Peggy Blumquist y Jesse Plemons (Dallas, 1988) como Ed Blumquist dan vida al matrimonio de descerebrados que se meten en aprietos graves con criminales. Tras ellos, van otros dos asesinos inolvidables, el indio Ohanzee Dent (Mark Acheson, Edmonton 1957) y el afroamericano Mike Mulligan (Bokeem Woodbine, Nueva York 1973). Uno silencioso como una tumba; el otro, locuaz.

EL MISMO CLIMA


Hay que destacar que la serie logra reproducir a la perfección el clima de la película de culto de los noventa. El mismo frío que cala los huesos, la misma amarga reflexión sobre la condición humana, y la misma excelencia artística. Idéntico humor negro, apelación al absurdo y a la parodia; personajes que a primera vista parecen caricaturescos, hasta que tomamos conciencia de que la mayoría de las personas de este mundo son idiotas sin remedio (vean las redes sociales) y que día tras día todos cometemos sandeces, generalmente por miedo o resentimiento. 

Hay guiños para entendidos en el film y sutiles conexiones entre la primera y la segunda temporada. Hay deliciosos recursos visuales como la narración de una masacre en Fargo sólo con sonidos, o las pantallas partidas. También se incurre en el capricho, como la advertencia al comienzo de que cada capítulo de que estamos ante hechos reales (!?) o la aparición de los ovnis, que da lugar a una frase de antología de Peggy Blumquist en medio de una balacera: "Es sólo un plato volador, Ed, huyamos".

Emitida por primera vez en 2014, Fargo es una de las mejores ficciones policiales de nuestro tiempo. Aquí nos quedamos esperando que Netflix suba la tercera temporada.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El sublime tema: https://www.youtube.com/watch?v=aM2l8TPzKmY